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Sobre la globalización del siglo XXI. Luis Sanzo

En su interesante reseña de la obra de Richard Baldwin, The Great Convergence, Jorge Díaz Lanchas no sólo considera el trabajo del autor sino que, en cierta forma, da un paso más allá y ofrece una racionalización del contexto interpretativo del proceso de globalización en el mundo moderno. En cierta forma, según su interpretación, la globalización habría pasado de ser un marco de intercambio de bienes, servicios e inversiones para convertirse en un proceso de transmisión de ideas y conocimientos.

Del análisis del artículo se desprende, sin embargo, que la cuestión se reduce a los cambios que se observan en las necesidades productivas de las grandes empresas con presencia en el mercado internacional (y al impacto que tienen estos cambios en la dinámica de las relaciones económicas Norte-Sur). De lo que se trata, por tanto, con todas sus implicaciones en términos de deslocalización de la producción, es de “la transformación de las cadenas de producción y montaje a nivel internacional”, es decir de los procesos de producción. Y aunque en ese ámbito resulte determinante la transmisión del know-how, el elemento principal no deja de ser el que da sentido a la deslocalización de procesos: la reducción de los costes laborales. “Estas nuevas cadenas de valor globales han permitido la combinación de altos niveles de know-how, que hasta el momento eran propios de las economías avanzadas, con los bajos salarios de los países emergentes”, señala Díaz Lanchas.

La clave del proceso moderno de globalización se relaciona así con una combinación de: a) deslocalización; b) ajuste funcional a los procesos productivos de las cadenas industriales, asumiendo fases muy específicas de esos procesos, de acuerdo con el know-how transmitido desde el centro; y c) bajos salarios. Como señala Díaz Lanchas, en un contexto de liberalización de los mercados, se trata de que las empresas vendan “sus productos en los mercados ricos del Norte, pero haciendo uso de los inputs que provienen desde el Sur”.

La dinámica de la globalización no se reduce sin embargo a deslocalizaciones externas a los grandes bloques político-económicos sino, como también se señala en el artículo, dentro de éstos. Los centros escogidos para la deslocalización industrial, para las nuevas cadenas de producción, tienen que combinar bajos costes de producción, capacidad para absorber fácilmente el know-how de los países avanzados e, idealmente, una proximidad facilitadora de los contactos de trabajo. Es el caso de Méjico con Estados Unidos, de Vietnam con China o Japón y de Polonia y otros países del Este con Alemania. En todos los casos, se trata de una deslocalización de los procesos productivos, dentro de bloques económicos regionales, en busca de una reducción de los costes de producción para mantenerse en unos mercados plenamente globalizados.

En el caso europeo, el éxito del modelo industrial alemán tras la recesión post-crisis financiera, se vincula sin duda al impulso de la producción en los antiguos países comunistas del este de Europa, en detrimento de la industria de otros países de la Unión Europea. Tal y como reflejan los siguientes gráficos, desde mediados de la pasada década Francia y el Reino Unido pierden producción industrial frente a Alemania; España frente a los países del este de Europa.

Tabla 1

GR1

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de Eurostat.

Tabla 2

gr2

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de Eurostat.

Pero en un contexto extenso de lucha por mantener los mercados mundiales, los cambios en la producción no necesariamente se traducen, dentro de estos bloques, en una recuperación de empleo. La competencia con los países de bajos costes laborales (fuera de los propios bloques regionales centrales) sólo es factible con un incremento de la productividad, lo que supone reducción de empleo dentro de las grandes empresas y liquidación de la pequeña industria. Si la pérdida de mercados en España, Francia o Reino Unido tras la crisis financiera ha provocado caídas de 20 a 30% del empleo en la manufactura, los pasos de Alemania o de los países orientales vecinos hacia el control de la producción industrial en Europa apenas permite un mantenimiento del empleo.

Tabla 3

GR3

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de Eurostat.

Tabla 4

GR4

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de Eurostat.

En la fase actual, en la que se espera la extensión de la globalización al sector de los servicios, el papel de las grandes empresas multinacionales será aún mayor. La razón es que se pasará de una deslocalización que afecta a algunas ramas de actividad a fases específicas de los procesos de producción, lo que determinará -como señala Díaz Lanchas- la extensión del impacto de la deslocalización a profesiones determinadas, más aún que a áreas sectoriales como ha sucedido hasta hoy. El autor adelanta lo que es previsible que suceda con la aceleración del proceso de introducción de las nuevas tecnologías, la digitalización o la robotización, en el sector de servicios. Lo esperable es una combinación de automatización en el centro con desplazamiento de fases parciales de la producción, más que de la producción como tal, hacia los países con bajos costes salariales en el Sur. En todo caso, la lógica del abaratamiento de los costes de producción determinará el proceso de globalización en los servicios.

Una de las principales consecuencias sociales del proceso de globalización, y de la integración política asociada, ha sido sin duda la acelerada convergencia de rentas entre territorios. La propia experiencia española desde los años sesenta del siglo XX es una muestra de este proceso de convergencia. Pero, al mismo tiempo, la experiencia de países como España muestra también que la globalización es un proceso inacabado. Tiene distintas fases, determinadas en gran medida por la posición de cada país en términos de su capacidad para atraer o mantener inversiones productivas. España, en especial sus regiones industriales, ya ha conocido la otra cara de la globalización, la que supone ver cómo se cierran plantas en beneficio de la creación de otras nuevas en diferentes países del Sur. Un proceso sin perspectivas de finalización mientras puedan existir las diferencias de costes que lo hacen posible.

Un dato relevante es que la globalización de la que hablan Baldwin y Jorge Díaz Lanchas empieza a dinamizarse en los años 80. Y ahí es donde podemos ver su dimensión política, en forma de actuaciones coordinadas entre empresas y estados para determinar la lógica de unos nuevos mercados mundializados. Y precisamente una de las manifestaciones iniciales del nuevo mundo se produce en torno a los años setenta y ochenta del pasado siglo, con la destrucción de una parte significativa de la industria occidental europea. Un acto que, como la reconversión de la industria vasca de ese periodo, no puede entenderse sólo desde la lógica económica sino desde la geopolítica paralela de configuración de los mercados y de la producción.

Pero ahí es donde quizás, y de forma paradójica, pueda buscarse una nota final positiva para nuestros países. La gran convergencia de rentas asociada a la globalización se extiende al final a los costes de producción. Las antiguas grandes regiones industriales no deberían desfallecer, renunciando a su capital de conocimiento productivo. Puede que llegue un tiempo en el que ese conocimiento, y la experiencia asociada, les permitan recuperar parte del terreno perdido en la competencia por los mercados mundiales.

Introduzco así la hipótesis de que, a muy largo plazo, las regiones que sean capaces de mantener una parte significativa de su histórica base industrial puedan recuperar parte de lo perdido en las fases iniciales de la globalización. Una hipótesis paralela a aquella que sostiene que los estados y países que apuesten por mantener el Estado de Bienestar resistirán mejor el proceso de deslocalización que pronto se extenderá con fuerza al sector de servicios.

Los perdedores de las políticas sociales en España. El caso del desempleo. Luis Sanzo

El pasado 9 de junio, en su artículo ¿Quién se beneficia de las políticas sociales?, Manuel Alejandro Hidalgo analizaba la política de redistribución en España. Concluía señalando que “a pesar de que las transferencias sociales son importantes en los hogares de menor renta, en términos absolutos no suponen una cantidad destacable” para la población más necesitada.

Para ahondar en el debate, comentaré algunos datos complementarios. Mi objetivo es considerar la aparente homogeneidad, en los deciles 2 a 8, que muestran los datos obtenidos por Hidalgo en su análisis de la ECV. A partir de un análisis de la información relativa a las prestaciones por desempleo, mis aportaciones de cara a la posterior reflexión se resumen a continuación.

La política de prestaciones por desempleo perjudica, de forma llamativa, a la población económicamente más desfavorecida en España

La primera idea a destacar es que, más allá de su distribución por deciles, la política de prestaciones por desempleo en España perjudica a la población en situación de riesgo de pobreza y ausencia de bienestar. Como se ve en la tabla1, en los hogares con experiencia del desempleo durante el último año, apenas un 24% del gasto en prestaciones sociales por esta contingencia se orientó en 2013 a los que dispusieron de ingresos inferiores al 60% de la mediana. Se trata de una proporción claramente inferior al 33,6% que suponía la población residente en estos hogares en riesgo.

El desfase es particularmente llamativo en los hogares con problemas de pobreza grave, con ingresos inferiores al 40% de la mediana. En este caso, aunque la población de estos hogares supone un 17,2% de la residente en hogares de desempleados, apenas disponen de un 10,9% del gasto en prestaciones por desempleo.

Tabla 1

Tabla1.png

Fuente: ECV-2014. INE. Elaboración propia

La distribución relativamente homogénea por deciles oculta una desatención creciente conforme se desciende en la escala de ingresos

Uno de los aspectos a priori más sorprendentes de los datos aportados por Manuel Hidalgo es la homogeneidad en los ingresos por unidad de consumo según deciles de ingresos. La tabla 2 muestra esta realidad, palpable prácticamente para el conjunto de los deciles 2 a 9.

Tabla 2

Tabla2

Fuente: ECV-2014. INE. Elaboración propia

La imagen de homogeneidad se ve sin embargo condicionada por una distribución desigual del desempleo por deciles, con un impacto superior del problema en los hogares económicamente menos favorecidos.

Si se comparan los ingresos mensuales medios por persona desempleada dentro de cada decil (ver tabla 3), se constata que la protección disminuye conforme nos acercamos al 10% más pobre de la distribución. En este último grupo, el ingreso mensual medio por parado/a es apenas de 130 euros. La cuantía aumenta de forma progresiva en los deciles 2 a 6, pero se mantiene por debajo de los 275 euros. En los deciles 7 a 9, la cuantía oscila entre 288 y 392 euros, todavía dentro de márgenes más cercanos al esquema no contributivo, ligado al IPREM. Sólo en el decil 10 la cuantía se sitúa en el margen propio de las prestaciones contributivas, con una media de 1.114 euros.

Llaman la atención los bajos niveles de las prestaciones medias en el 10% más pobre de los hogares con personas desempleadas. Una realidad que ayuda a explicar el hecho de que España sea uno de los países de Europa con menor participación del decil 1 en los ingresos totales.

Tabla 3

Tabla3

Fuente: ECV-2014. INE. Elaboración propia

El sistema castiga a las comunidades autónomas que tratan de apoyar a los colectivos más desfavorecidos a través de prestaciones de asistencia social (Rentas Mínimas)

Un tercer aspecto a destacar es que el intento de cubrir de forma decidida las carencias que afectan a los grupos más pobres es castigada en el sistema de protección español. En particular, la política de incompatibilidades entre las prestaciones de la Seguridad Social y las Rentas Mínimas se traduce en un gasto menor en prestaciones por desempleo en las comunidades que han impulsado un modelo alternativo de protección.

Como se observa en la tabla 4, el País Vasco protege más a los hogares de personas desempleadas a través de su política social complementaria. Pero al actuar de esta forma, superando el marco de protección establecido por el Estado, este tipo de actuación se traduce en la práctica en una aportación muy disminuida desde la Administración Central en concepto de prestaciones por desempleo. Es una de las facetas más contradictorias de la aplicación de la idea de igualdad en España.

Tabla 4

Tabla4

Tal y como indican algunos datos presentados por Manuel Aguilar, algunas comunidades hoy a la cabeza del impulso de las Rentas Mínimas, como Navarra, están igualmente experimentando este curioso proceso de desistimiento de la Administración General del Estado en la protección a la población desempleada con menor nivel de ingresos en España.

NOTAS METODOLÓGICAS

Concepto de desempleo utilizado

Personas en desempleo (parado/a): Se entiende en sentido muy amplio a las personas que en el último año han estado en algún momento en situación de desempleo o que han accedido a prestaciones por desempleo.

De acuerdo con el análisis, al tratarse de ingresos anuales en la ECV, se asimila el concepto de parado/parada a la experiencia del desempleo, o la percepción de prestaciones por esta contingencia, en algún momento del último año.

Hogares analizados

El análisis se centra en los hogares con alguna persona entre 18 y 62 años, dentro de los que se profundiza en los casos con presencia de alguna persona afectada en el último año por el desempleo.

La estructuración por deciles se basa, para este grupo, en los ingresos totales por unidad de consumo.

Periodo de referencia

Se analizan las rentas correspondientes al año 2013, disponibles en la ECV-2014, para seguir la línea del artículo de Hidalgo.

GARANTÍA DE INGRESOS Y RENTA BÁSICA. Versión completa. Luis Sanzo

Un debate en el que la Renta Básica empieza a ser tenida en cuenta

Durante la crisis, el modelo de Seguridad Social en España ha mostrado evidentes limitaciones para asegurar unos ingresos suficientes a toda la población. El fuerte crecimiento del gasto en rentas mínimas en los últimos diez años es indicativo de estas limitaciones.

Pero, como la propia acción autonómica en este campo, estas carencias eran ya visibles con anterioridad a la crisis, referidas a tres tipos de problemas concretos en la acción social del Estado:

  1. En primer lugar, la completa desatención de algunos colectivos en situación de necesidad, en particular entre la población desempleada sin derecho a prestaciones estatales.
  2. En segundo lugar, la insuficiente protección derivada de las bajas cuantías de las prestaciones del sistema de Seguridad Social (particularmente llamativa en zonas de fuerte concentración urbana, con un coste de la vida muy superior a la media española).
  3. Y, finalmente, la falta de protección a la población trabajadora con bajos ingresos[i].

El manifiesto fracaso de la política de garantía de ingresos de la Administración General del Estado durante la crisis está en el origen del debate actual sobre la reforma del sistema de Seguridad Social.

Entre las distintas propuestas formuladas, las que han conseguido situarse en el debate parlamentario son las que plantean mejorar la protección al desempleo de larga duración. Se trata, por un lado, de la ILP para una Prestación de Ingresos Mínimos, de UGT y CCOO, cuya tramitación ha sido aceptada por el Congreso; y, por otro, en la medida en que podría inspirar la formulación final de la alternativa de ajuste de ese modelo de prestación, el Ingreso Mínimo Vital del PSOE. Ambas propuestas tratan de extender la protección por desempleo a situaciones de necesidad a largo plazo, tendiendo a garantizar una protección indefinida. Prevén además complementos por hijos/as o por el resto de miembros de la unidad de convivencia.

En lo relativo a los bajos ingresos, por su parte, Ciudadanos ha puesto sobre la mesa su oferta de complemento salarial. Pero su pretensión parece más bien simbólica, un aspecto puesto de manifiesto en los limitados avances contenidos tanto en su acuerdo de investidura con el PSOE de Pedro Sánchez como en el acuerdo presupuestario alcanzado con el Partido Popular.

El problema de los bajos ingresos es una cuestión que Podemos también ha contemplado en su modelo de Renta Garantizada. Esta propuesta es más ambiciosa en su dimensión económica que el IMV socialista o la ILP sindical, pero no ha conseguido por ahora situarse como alternativa realizable en esta fase del debate. Es posible, sin embargo, que algunos de los planteamientos del grupo puedan considerarse en el trámite parlamentario de la ILP.

El debate sobre la política de garantía de ingresos empieza sin embargo a desbordar el estrecho marco de la coyuntura ligada a la crisis en España para considerar los procesos más amplios ligados a la globalización y al desarrollo de las fuerzas productivas. En este sentido, se perfila en Occidente un escenario en el que se anticipa un cierto fin del trabajo para todos/as, en especial en el contexto del potencial impacto destructivo de la extensión del proceso de automatización al sector servicios. Es la razón por la que la Renta Básica, universal, individual e incondicional se presenta cada vez más como una posible solución a contemplar.

En los últimos años, la propuesta de Renta Básica ha conseguido introducirse en programas políticos en España. Además de otros grupos con menor peso político, Podemos la planteó en su programa europeo. Aunque sin renunciar a un “Ingreso Mínimo Vital, y la iniciativa de los sindicatos [] de establecimiento de una renta mínima”, en el programa del nuevo líder del PSOE, Pedro Sánchez, se menciona como inevitable “valorar la pertinencia de fórmulas viables relacionadas con una Renta Básica Universal[ii].

Los condicionantes: un sistema de protección estatal que seguirá teniendo límites en su capacidad de protección

Las perspectivas que abre el debate señalado se ven con optimismo desde muchos sectores. Mi posición es más matizada.

No se trata de negar, por una parte, que la posible introducción de la Prestación de Ingresos Mínimos de UGT y CCOO, en una versión adaptada o no al Ingreso Mínimo Vital del PSOE, suponga una mejora significativa en la política de garantía de ingresos en España. Pero algunas de las limitaciones señaladas con anterioridad seguirán condicionando la eficacia de la protección general del Estado.

En particular, es poco probable que las cuantías garantizadas sean suficientes para reducir de forma definitiva el impacto de la pobreza. Las limitaciones asociadas a las cuantías caracterizan la propuesta sometida a debate en el Congreso de los Diputados. Situada en el 80% del IPREM, los ya casi crónicos 426€, la cuantía básica de la ILP y del IMV sigue resultando muy baja y se aleja del umbral de cobertura de las necesidades reales, en especial en las comunidades más urbanizadas del país. Tal y como ha sido formulada, la ILP sindical introduce además problemas de compatibilidad con las rentas mínimas autonómicas más protectoras.

En caso de ser posible avanzar en una línea de introducción de la Renta Básica, por otra parte, su coste potencial también limitaría las cuantías susceptibles de ser garantizadas por esta vía. Esa es la conclusión lógica a la que se llega si se considera el gasto adicional que los partidos que determinan en la actualidad los procesos de acceso al poder (PP, PSOE y Ciudadanos) parecen estar dispuestos a destinar a estas medidas. En la versión hasta ahora más favorable, la del fracasado acuerdo programático PSOE-Ciudadanos, se trata de alrededor de 7.500 millones de euros, equivalentes a algo menos del 0,7% del PIB. La propuesta sindical y la de Podemos son más ambiciosas, situándose en unos 13.000-15.000 millones, pero no pasan de un 1,20-1,35% del PIB.

El margen que ofrece este marco presupuestario es reducido en términos de las posibles cuantías de una Renta Básica. Con 15.000 millones disponibles, en una aproximación estricta al modelo, con una transferencia estatal susceptible de sumarse a cualquier otro tipo de ingreso, la cuantía mensual de la Renta Básica sería de 29,49€ para la población adulta y de 14,74€ para la población menor[iii].

Si el presupuesto disponible se ampliara a 75.000 millones (un 6,73% del PIB), las cuantías podrían ampliarse a 73,72€ mensuales para menores de 18 años y a 147,44 para mayores de esa edad. En el caso de una pareja con dos hijos/as, y en ausencia de cualquier otro ingreso, estaríamos hablando de 442 euros mensuales, de apenas 147 en el caso de una persona viviendo sola. Como es bien conocido, los sistemas de rentas mínimas autonómicas que tienen cierta operatividad en España garantizan bastante mayor protección a los grupos necesitados.

Durante los próximos años asistiremos sin duda a un importante debate respecto al fundamento del modelo de protección social en España en el que se enfrentarán concepciones más o menos actualizadas de la Seguridad Social clásica con los nuevos planteamientos sobre Renta Básica. No tengo hipótesis fundamentadas sobre el resultado de ese debate esencial pero es probable que el escenario al que nos enfrentaremos en las próximas décadas en España vendrá marcado por un contexto de bajas cuantías en las prestaciones del sistema general de garantía de ingresos[iv].

Por supuesto, resultaría deseable que un sistema de Renta Básica garantizara el acceso a niveles suficientes de bienestar a la población. En todo caso, debería cubrir lo que ciertos autores, como Daniel Raventós, han definido como el derecho a la existencia. Dicho de otra forma, el derecho a la vida y a prestaciones suficientes en caso de necesidad en términos del lenguaje de la actual Constitución española. Pero no parece probable que eso sea posible, al menos corto y medio plazo, en España. En este sentido, no se perciben mayorías políticas dispuestas a impulsar, de forma efectiva, un sistema de cuantías suficientes a través de la Renta Básica, o de otros mecanismos propios de la Seguridad Social tradicional.

Dos errores a evitar en un contexto de recursos limitados

La existencia de recursos presupuestarios limitados, en especial tras la crisis, es una de las razones por las que prácticamente nadie en España trabaje con un modelo de Renta Básica clásico, basado en transferencias brutas a la población, sino con una aproximación neta en la que la aportación final dependa del nivel de ingresos. El mecanismo planteado es el impuesto negativo, descontando en el IRPF parte de la renta disponible para garantizar, en términos efectivos, los umbrales señalados. El sistema es sin embargo compatible, en términos formales, con los planteamientos básicos de la Renta Básica.

En los últimos quince años, el debate sobre la Renta Básica se ha orientado a mejorar este modelo de aproximación neta a través del IRPF con el objetivo de hacer viable la propuesta en términos financieros, y así conseguir el necesario apoyo político. Se trata de una cuestión decisiva en un país con un alto nivel de endeudamiento público y en el que la dinámica del envejecimiento, y su presión sobre las pensiones, llevará en los próximos años a situar el gasto social en los niveles existentes en los países europeos socialmente más avanzados.

En la forma en que se desarrollan los principios susceptibles de hacer viable un modelo de protección social basado en este tipo de Renta Básica neta, hay algunos aspectos en los que me mantengo alejado de los planteamientos hoy dominantes. Hay dos errores potenciales, en particular, sobre los que querría llamar la atención[v].

En la aproximación Seguridad Social/Renta Básica

El primero de estos posibles errores tiene que ver con el tratamiento de las prestaciones generales de la Seguridad Social y del sistema de desempleo.

Como ya ha sido señalado, en la dimensión relacionada con la garantía de ingresos, el principal problema al que se enfrentan las propuestas de Renta Básica en España se relaciona con la suficiencia de las cuantías susceptibles de garantizarse. En el supuesto de poderse implantar el modelo, en la práctica se trataría de cuantías bajas que, para muchas personas, resultarían insuficientes para cubrir las necesidades básicas. Este problema es tanto más importante como que muchas propuestas de Renta Básica implican la eliminación de las prestaciones de la Seguridad Social, en todo caso con la excepción parcial de la protección contributiva. En el contexto anglosajón, la voluntad de liquidar la Seguridad Social en su conjunto es una de las razones explícitas de la apuesta por la Renta Básica por parte de algunos sectores conservadores.

Sin embargo, la construcción del actual sistema de protección ha supuesto un gran esfuerzo y no debería ser desmontado sino completado, teniendo en cuenta la perspectiva que defiende la Renta Básica, esto es, la idea de una universalización, de acuerdo con planteamientos de incondicionalidad, de la protección económica individual a las personas. Ésta resulta una vía más apropiada, y menos susceptible de favorecer la apuesta destructora que supondría sustituir por completo el sistema de Seguridad Social por una Renta Básica única y de cuantía insuficiente. Ésta es la alternativa neoliberal al actual sistema de protección, de las propuestas iniciales de Milton Friedman a las más recientes de Charles Murray.

Es importante recordar en este punto, además, que el sistema de prestaciones no puede reducirse a única modalidad de intervención. Es preciso considerar necesidades específicas, como las derivadas de la dependencia, por ejemplo.

De esta forma, no sólo es necesario mantener el sistema de prestaciones contributivas sino que sería conveniente desarrollar el proyecto de Renta Básica teniendo en cuenta las actuales prestaciones asistenciales. Las acciones de universalización de la Renta Básica deberían complementar lo existente y no sustituirlo. No obstante, sí sería necesario ajustar el contenido de las actuales prestaciones de forma que se adapten a los principios de universalidad e incondicionalidad en el acceso individual a los apoyos, una vez determinada la presencia de determinadas contingencias a proteger.

En la consideración de las Rentas Mínimas o Garantizadas

Otra cuestión relevante es la tendencia de los defensores de la Renta Básica a contraponer su propuesta con la de las Rentas Mínimas o Rentas Garantizadas. Se trata de una contraposición que carece de sentido puesto que se trata de modelos de política social de naturaleza completamente diferente y que, además, resultan potencialmente complementarios.

El objetivo de los programas de rentas mínimas o garantizadas es facilitar, de forma subsidiaria y complementaria, unos ingresos mínimos a la población, teniendo en cuenta las formas concretas de convivencia que la caracterizan. En cambio, como en el caso del sistema de prestaciones de seguridad social, la finalidad central de la Renta Básica es consolidar el principio de acceso universal de toda la población a ingresos básicos, un propósito que se plantea, o al menos debería plantearse, en términos estrictamente individuales. De esta forma, mientras las rentas mínimas se mueven en el terreno de lo residual y complementario en la acción general de protección, la Renta Básica y las prestaciones de la Seguridad Social compiten por definir el marco central de la protección en un país.

En este punto, una discrepancia esencial con los principales portavoces de la Renta Básica en España es la propuesta de liquidación de las rentas mínimas. En el papel subsidiario y complementario que las caracteriza, y en un contexto de cuantías bajas de las prestaciones de la Seguridad Social, o de la Renta Básica que pudiera sustituirla, las rentas mínimas, gestionadas hoy por las comunidades autónomas, seguirán siendo esenciales para acercar a la población a niveles mínimos de bienestar o, en su defecto, a la superación de la pobreza. Una cosa es que se trate de prestaciones residuales; otra que se trate de prestaciones sin un papel esencial para determinados colectivos de riesgo en nuestra sociedad.

Me parecen por tanto equivocadas las propuestas que hoy están sobre la mesa y que plantean la liquidación de estas iniciativas autonómicas, propuestas que definen a una parte dominante de la izquierda política y sindical en España (aunque con significativas excepciones).

Este sistema de rentas mínimas condicionadas a la insuficiencia de recursos y de base convivencial debería cumplir, cuando ello fuera necesario, al menos tres objetivos. En primer lugar, deben asegurar que los niveles de cobertura de las necesidades básicas están suficientemente garantizados, teniendo en cuenta la configuración interna de los hogares existentes. Este sistema debería igualmente atender a colectivos que quedaran al margen de las prestaciones generales, por ejemplo determinados grupos de población extranjera.

En segundo lugar, estos sistemas complementarios de garantía de ingresos deben tener en cuenta factores específicos que sitúan diferencialmente a las personas ante la posibilidad de hacer frente a sus necesidades básicas: problemáticas personales especiales, diferentes niveles de coste de vida, en particular en lo relativo al acceso a la vivienda o a la energía, etc. Mientras estas necesidades específicas no se atiendan de forma adecuada y suficiente por los sistemas generales de protección, las iniciativas autonómicas mantienen todo su sentido.

Finalmente, además de cubrir necesidades extraordinarias o excepcionales (ayudas de emergencia social), los programas autonómicos deben igualmente contribuir a facilitar el acceso a los bienes y equipamientos necesarios a largo plazo para mantener unas condiciones de vida adecuadas o asegurar condiciones de habitabilidad adecuadas.

En definitiva, junto al sistema de protección general, con su sistema de prestaciones individuales o de Renta Básica, es preciso un sistema complementario de garantía de recursos como el que desarrollan en la actualidad las comunidades autónomas, ajustado a las necesidades de las unidades de convivencia realmente existentes.

La experiencia histórica avala la necesidad de una actuación complementaria significativa desde las Rentas Mínimas autonómicas. En Euskadi, por ejemplo, la protección garantizada por la comunidad autónoma tiene mayor impacto en la lucha contra la pobreza que la acción del Estado, excluidas las pensiones.

Dos datos avalan esta última afirmación. Por un lado, entre la población en situación de pobreza en el País Vasco, un 38,3% de los ingresos totales de la población pobre proceden del sistema RGI/PCV/AES por apenas un 18,6% del sistema de pensiones, desempleo y otras prestaciones de la Administración General del Estado. Por otro lado, de los 6,85 puntos de caída en la tasa de pobreza severa por transferencias no relacionadas con las pensiones (de 11,71 a 4,86%), un 44,9% es atribuible al sistema RGI/PCV/AES por 37,2% al sistema de desempleo y demás transferencias de la Seguridad Social, y otro 17,9% a las transferencias de ONG como Cáritas y a las ayudas directas entre las familias.

No se trata sin embargo de considerar a las rentas mínimas como mecanismos alternativos a la Renta Básica, ni tampoco como instrumentos de paso en lo que sería un camino hacia la Renta Básica. Su lógica y sentido resultan diferentes y el desarrollo de ambas actuaciones debe ajustarse a esta lógica diferenciada.

Pasos en la dirección de la Renta Básica en España

Acciones parciales de Renta Básica o de ingreso de participación

Es importante insistir en la necesidad de introducir un modelo de prestaciones de garantía de ingresos que suponga un avance social efectivo en la distribución del producto social. Además de mantener el sistema de última red que representan las Rentas Mínimas, esto pasa por ampliar y mejorar el actual sistema de Seguridad Social, incluyendo medidas diseñadas desde una lógica funcional con los planteamientos de la Renta Básica.

En el caso español, resulta de hecho factible ampliar desde esa lógica los ámbitos de protección. Los principales colectivos en los que podrían plantearse propuestas de Renta Básica o de naturaleza similar serían, en mi opinión, los siguientes:

  1. La población menor, un grupo cuya protección esencial podría basarse en una modalidad de renta básica.
  2. La población desempleada menor de 35 años sin prestaciones, en la que podría concebirse una aproximación cercana al mecanismo de ingreso de participación propuesto en su momento por Atkinson. De esta forma, en este grupo, el acceso a una garantía de ingresos podría quedar ligado al desarrollo, libremente elegido, de acciones de búsqueda de empleo, formación o participación en actividades sociales.
  3. La población mayor de 35 años sin ingresos, con independencia de los motivos por los que se carece de un empleo o prestación alternativa.

Por los motivos ya considerados, las cuantías no podrían ser inicialmente suficientemente altas pero sí podrían concebirse, dentro de esos colectivos, como universales e individuales. Salvo en el caso de la población desempleada menor de 35 años, en las que la protección quedaría vinculada a un proyecto personal de participación social, formativo o laboral, se trataría también de prestaciones estrictamente incondicionales.

Estas actuaciones se integrarían en el sistema general de prestaciones de la Seguridad Social. En el resto de sus actuaciones, por ejemplo en lo relativo a las prestaciones no contributivas por jubilación e invalidez, sería necesario potenciar la dimensión individual e uniforme de la protección personal.

En un modelo en el que el acceso a la formación universitaria a precios accesibles a toda la población siga estando garantizado, no sería necesario plantear medidas complementarias de capital básico universal. Estas medidas sí deberían considerarse, no obstante, en países como Estados Unidos para garantizar la igualdad de oportunidades. Pero no deberían plantearse como acciones alternativas, sino más bien complementarias, a la protección general del sistema de seguridad social o de Renta Básica.

El modelo de gestión vía IRPF y las economías de escala ligadas a la convivencia

En especial en el caso de la población trabajadora, las medidas propuestas con anterioridad son compatibles con una mejora del nivel de ingresos personal a través de un sistema de impuesto negativo, tal y como plantean en España los defensores de la Renta Básica. En la perspectiva del modelo de Renta Básica neta a través del IRPF, uno de los elementos que podrían aumentar la viabilidad política de la propuesta, mejorando el sistema de cuantías pero limitando al mismo tiempo los costes, sería considerar las economías de escala asociada a las formas de convivencia.

Como es conocido, el acceso universal a la Renta Básica se plantea en su formulación clásica con carácter individual y de manera uniforme: la misma cuantía de Renta Básica debe pagarse a cada ciudadano o ciudadana. Este planteamiento de uniformidad no tiene en cuenta el impacto económico de la convivencia, con dos consecuencias negativas: se incrementa, por una parte, el coste potencial de introducción de la propuesta y se determinan, por otro, distintos grados de libertad real en situaciones de convivencia diferentes. La uniformidad de partida de la Renta Básica se traduce así en una realidad final de protección desigual.

Resulta así conveniente pensar en fórmulas que hagan compatible el principio del derecho individual e igual a una Renta Básica con la necesidad de que la cuantía percibida sea efectivamente igual para toda la población en su capacidad para garantizar la supervivencia o el bienestar. Esto es inviable si no se neutraliza el efecto de las economías de escala asociadas al marco de convivencia. Aunque pueden plantearse otras soluciones[vi], la que sigue resultando más operativa es introducir una Renta Básica de unidad de convivencia, complementaria a la Renta Básica individual, que recoja el nivel medio de gastos comunes a todos los hogares, con independencia de su tamaño.

Los límites a la intervención: la concepción y la extensión del principio de solidaridad y apoyo mutuo

En la defensa de esta política de garantía de ingresos y de igualdad de oportunidades entre la población, es preciso considerar el marco ideológico que haga factible que las políticas de solidaridad sean viables, pero también que delimite hasta dónde llega la voluntad de redistribución. Es preciso ser conscientes de que estas políticas de redistribución, incluida la Renta Básica, pueden tener objetivos diferentes: uno amplio, centrado en una distribución del producto social suficientemente justa entre los miembros de la sociedad (ámbito de la acción general de la Seguridad Social y/o de la Renta Básica); y uno más restringido, vinculado a los procesos que garantizan en última instancia unos ingresos mínimos a toda la población (en el que la actuación de las prestaciones generales señaladas se complementa con las Rentas Mínimas o Garantizadas).

En nuestras sociedades competitivas, sin embargo, lejos de retroceder, parecen haber aumentado las reticencias sociales a sostener prestaciones que no se fundamenten, en el caso de personas en edad activa, en una contribución de algún tipo. La crisis, lejos de haber legitimado las políticas de garantía de ingresos, las ha colocado en situación difícil, tanto en términos de sostenibilidad financiera como de legitimación social. Sólo será posible relanzarlas desde el impulso de los principios de solidaridad y apoyo mutuo dentro de la sociedad.

Lo que queda más allá de la Renta Básica: un peligro creciente de exclusión social

El proceso de desarrollo de las fuerzas productivas y de la tecnología, con la previsible intensificación que anuncia la nueva fase de automatización o robotización, no sólo plantea problemas crecientes de acceso a unos ingresos suficientes. Entre la población más desfavorecida, en particular la menos formada y cualificada, aumenta el riesgo de cristalización de núcleos amplios de desempleo de larga duración, potencialmente cronificados. Durante la crisis, ya se han observado significativos procesos sociales en esta dirección.

Por muy parcial que pueda aún llegar a ser el problema, en un escenario de acercamiento al fin del trabajo, el debate desborda el marco de las disfunciones que podría provocar, en el sistema de rentas, un desempleo elevado y estructural. La garantía de unos ingresos económicos suficientes no es el único problema asociado a la automatización, planteándose igualmente cuestiones que afectan a los procesos generales de inclusión dentro de la sociedad. La obsolescencia de determinados trabajos, o del trabajo como tal, afecta en realidad al propio sentido social de la existencia.

En la sociedad hipertecnologizada que se nos anuncia, la actividad orientada a la obtención de rentas seguirá siendo un elemento central de la vida humana para una parte de la población, en especial para la más adaptada a las nuevas tecnologías. Sus perspectivas de mejora del nivel de vida a través del aumento de la productividad contrastan, dados los límites a los que se enfrentan las políticas de redistribución, con el riesgo de exclusión estructural de la población situada al margen del sistema productivo.

En este escenario polarizado, las respuestas a dar a la insuficiencia de ingresos apenas representan una parte de un problema más amplio de inclusión social, una cuestión que no puede despacharse en términos del tiempo disponible creciente que vendrá de la mano del aumento de la productividad. Sin duda, existe vida más allá del trabajo orientado a la obtención de ingresos y rentas, tanto en términos de pura actividad como de disfrute de la existencia, una realidad que puede situar sobre nuevas bases los procesos de integración en la sociedad. Pero, mientras la participación social tenga una conexión con el trabajo o la actividad productiva, el desempleo será percibido por muchas personas como un grave problema social, fuente de exclusión de la sociedad.

No es éste el ámbito principal para desarrollar este debate (que constituye un punto central en el diseño del sistema de rentas mínimas en España) pero sí es importante señalar que el derecho a una participación efectiva y digna en la sociedad es un elemento clave que no queda resuelto con el acceso a una Renta Básica, menos aún si ésta, como es más que previsible, resulta de cuantía muy reducida.

Es evidente que los procesos de inclusión en la sociedad se vinculan a dimensiones de cohesión e integración que no pueden reducirse a las estrictamente ligadas al ingreso. No se trata, sin embargo, con ello de exigir compromisos de participación sino de ofrecer a la población vías para que esa participación sea posible.

NOTAS

[i]    Aunque algunos aspectos han acentuado esta problemática tras la crisis, el avance del trabajo a tiempo parcial por ejemplo, el problema de los bajos salarios no es en absoluto un problema nuevo en España. La existencia de un sector de bajos salarios, de importancia significativa, es un rasgo que define a la sociedad post-industrial.

[ii]    En una línea que le acerca a los actuales planteamientos de la RRB, el programa indica en relación al IMV y la renta mínima sindical que “estos objetivos deberían avanzar hacia una naturaleza estructural dentro del sistema fiscal, y tener posibilidades de progresar en el futuro hacia una Renta Básica”. Para ello se plantea “valorar la viabilidad de un sistema de Transferencias Fiscales”, el Impuesto Negativo, como mecanismo para consolidar “un objetivo de renta mínima para todos los ciudadanos”, planteado en términos individuales y vinculado al umbral de pobreza de cada momento. Este mínimo sería compatible con ingresos por trabajo, lo que permitiría no desincentivar la búsqueda activa de empleo.

[iii]   En el supuesto de aplicación de un 50% de la cuantía base a la población menor de 18 años.

[iv]   Por mencionar un referente claramente situado en el polo progresista del sistema de partidos, es llamativo en este punto el planteamiento que se formula en el programa de Pedro Sánchez sobre el Impuesto Negativo. Respecto al mínimo a garantizar, cuya cuantía no se señala, únicamente se plantea el compromiso de “ir aumentando su techo en el futuro, de acuerdo con las posibilidades presupuestarias y las necesidades sociales”.

[v]    Hay otros aspectos sobre los que sería necesario reflexionar pero en los que no insistiré en esta presentación. El primero tiene que ver con la conveniencia de introducir algún mecanismo de bonificación a la parte de la población que participa en la actividad económica (tanto en su dimensión de producción de bienes y servicios como de reproducción del capital social y económico en el que se fundamenta la generación de riqueza dentro de la sociedad).

El segundo aspecto tiene que ver con la gestión fiscal de las prestaciones, un mecanismo que tiende en ocasiones a convertirse en un objetivo en sí mismo. Debe señalarse, en este punto, que el marco fiscal se adapta bien a ajustes anuales, como los que se vinculan a un modelo de impuesto negativo, sobre todo cuando se aplica a situaciones estables de ingresos, ya sea de tipo laboral o por pensiones.

No ocurre lo mismo, sin embargo, en circunstancias en las que existen variaciones frecuentes en el nivel de rentas de las personas o en las que es preciso una atención no sólo económica a la población sino también social o laboral. En estos casos, la gestión puede toparse con la realidad de la dimensión esencialmente recaudatoria del sistema fiscal, no debiéndose por ello descartar formas de gestión más tradicional, a través de la seguridad social, los servicios de empleo o cualquier otro ámbito administrativo que resulte adecuado para gestionar las prestaciones individuales básicas del sistema o una Renta Básica. En lo relativo a las personas en edad activa que requieren realizar gestiones habituales relacionadas con el acceso a la ocupación, los servicios de empleo parecen constituir el marco más razonable para la gestión de este tipo de prestaciones.

[vi]   La solución planteada a este problema por Rafael Pinilla ha sido la de plantear un complemento en el caso de hogares unipersonales.

GARANTÍA DE INGRESOS Y RENTA BÁSICA. Versión resumida. Luis Sanzo

Se presenta a continuación un resumen de la intervención realizada el 26 de mayo en el Seminario sobre Tecnología, Empleo y Renta Básica, en dos versiones (resumida y completa)

RESUMEN DE LA INTERVENCIÓN

Desde mucho antes del estallido de la crisis financiera, el modelo de Seguridad Social en España ha evidenciado tres tipos de carencias: en primer lugar, la completa desatención de algunos colectivos en situación de necesidad, en particular entre la población desempleada; en segundo lugar, la insuficiente protección derivada de las bajas cuantías de las prestaciones (particularmente llamativa en zonas de fuerte concentración urbana, con un coste de la vida superior a la media); y, finalmente, la falta de protección a la población trabajadora con bajos salarios.

El fracaso de la política de garantía de ingresos de la Administración General del Estado durante la crisis está en el origen de la reflexión actual sobre la reforma del sistema de Seguridad Social. Entre las distintas propuestas formuladas, las que han conseguido situarse en el debate parlamentario son las que plantean mejorar la protección al desempleo de larga duración (Prestación de Ingresos Mínimos, de UGT y CCOO y en cierta medida, a través de ella, el Ingreso Mínimo Vital del PSOE) aunque también debe mencionarse la Renta Garantizada de Podemos. En lo relativo a los bajos ingresos, Ciudadanos ha puesto sobre la mesa la idea del complemento salarial.

El debate empieza sin embargo a desbordar el estrecho marco de la coyuntura ligada a la crisis para considerar los procesos más amplios ligados a la globalización y al avance de la tecnología. En un escenario de fin del trabajo para todos/as, como consecuencia de la robotización, la Renta Básica, universal, individual e incondicional se perfila como una posible solución a contemplar. Recogida por Podemos en su propuesta europea, el programa presentado por el nuevo Secretario General del PSOE, Pedro Sánchez, también considera inevitable “valorar la pertinencia de fórmulas viables relacionadas con una Renta Básica Universal”.

Las perspectivas que abre el debate señalado se ven con optimismo desde muchos sectores. Mi posición es más matizada. No se trata de negar que la posible introducción de la Prestación de Ingresos Mínimos de UGT y CCOO, en una versión adaptada o no al Ingreso Mínimo Vital del PSOE, pueda suponer una mejora significativa en la política de garantía de ingresos en España. Pero algunas de las limitaciones asociadas a esta propuesta seguirán condicionando la eficacia de la protección general del Estado. En particular, es poco probable que las cuantías de la nueva prestación, de aprobarse, sean suficientes para reducir de forma definitiva el impacto de la pobreza.

En caso de ser posible avanzar en una línea de introducción de la Renta Básica, su coste potencial también limitaría los niveles susceptibles de ser garantizados por esta vía. Es la conclusión lógica a la que se llega si se considera el gasto adicional que plantean los principales partidos y sindicatos para mejorar el sistema de garantía de ingresos: entre 7.500 y 15.000 millones de euros. Con esta última cantidad, en una aproximación estricta al modelo, con una transferencia estatal susceptible de sumarse a cualquier otro tipo de ingreso, la cuantía mensual de la Renta Básica sería de 29,49€ para la población adulta y de 14,74€ para la población menor (en el supuesto de aplicación de un 50% de la cuantía base a la población menor de 18 años). Si el presupuesto disponible se ampliara a 75.000 millones (un 6,73% del PIB), las cuantías podrían ampliarse a 147,44 y 73,72€ mensuales, respectivamente. En el caso de una pareja con dos hijos/as, y en ausencia de cualquier otro ingreso, se estaría hablando de 442 euros mensuales, de apenas 147 en el caso de una persona viviendo sola. Como es sabido, los sistemas de rentas mínimas autonómicas garantizan bastante mayor protección a los grupos necesitados.

De esta forma, sea cual sea el resultado del debate en curso, el escenario al que nos enfrentaremos en los próximos años vendrá marcado por un contexto de bajas cuantías en algunas prestaciones del sistema general de garantía de ingresos.

La existencia de recursos limitados es una de las razones por las que la mayor parte de los defensores de la Renta Básica en España aborda la cuestión en términos netos, ligando la cuantía final de la prestación al nivel de ingresos. El mecanismo planteado es el impuesto negativo, descontando en el IRPF parte de la renta disponible para garantizar, en términos efectivos, los umbrales de protección a alcanzar. En los últimos quince años, la investigación sobre la Renta Básica se ha orientado a mejorar este modelo de aproximación neta a través del IRPF.

En la forma en que se desarrollan los principios susceptibles de hacer viable un modelo de protección social basado en este tipo de Renta Básica neta, hay algunos aspectos en los que me mantengo alejado de los planteamientos hoy dominantes. El primero de ellos tiene que ver con el tratamiento de las prestaciones generales de la Seguridad Social y del sistema de desempleo. Cada vez son más numerosas las propuestas que implican la eliminación de las prestaciones de la Seguridad Social, en todo caso con la excepción parcial de la protección contributiva. En el contexto anglosajón, la voluntad de liquidar la Seguridad Social en su conjunto es una de las razones explícitas de la apuesta por la Renta Básica por parte de algunos sectores conservadores.

La construcción del actual sistema de protección ha supuesto un gran esfuerzo y no debería ser desmontado sino completado, teniendo en cuenta la perspectiva de universalización propuesta por la Renta Básica para ofrecer una protección económica individual e incondicional a todas las personas. Se trata de una vía más apropiada para prevenir el proyecto destructor que supondría sustituir por completo el sistema de Seguridad Social por una Renta Básica única y de cuantía insuficiente. Las acciones de universalización de la Renta Básica deberían complementar la Seguridad Social existente, no sustituirla. Es importante recordar en este punto, además, que el sistema de prestaciones no puede reducirse a única modalidad de intervención. Es preciso considerar necesidades específicas, como las derivadas de la dependencia o del apoyo al acceso a la vivienda.

En una línea de ampliación y mejora del actual sistema de Seguridad Social, los principales colectivos en los que podrían plantearse propuestas de Renta Básica, o de naturaleza similar, serían los siguientes:

  1. La población menor de 18 años.
  2. La población desempleada menor de 35 años sin prestaciones, en la que podría concebirse una aproximación cercana al mecanismo de ingreso de participación propuesto por Atkinson (con acciones, de libre elección por las personas afectadas, ligadas a acciones de búsqueda de empleo, formación o participación en actividades sociales).
  3. La población mayor de 35 años sin ingresos, con independencia de los motivos por los que se carece de un empleo o prestación alternativa.

En especial en el caso de la población trabajadora, las medidas propuestas con anterioridad son compatibles con una mejora del nivel de ingresos personal a través de un sistema de impuesto negativo ligado a la gestión del IRPF, tal y como plantean en España los defensores de la Renta Básica. Una medida que podría contribuir a incrementar la viabilidad política de la propuesta, mejorando el sistema de cuantías y limitando al mismo tiempo los costes, sería optimizar el efecto de las economías de escala asociadas a las formas de convivencia. Aunque pueden plantearse otras soluciones, la más operativa es considerar una Renta Básica de unidad de convivencia, complementaria a una Renta Básica individual de cuantía inicialmente pequeña, que recoja el nivel medio de gastos comunes a todos los hogares, con independencia de su tamaño.

Un segundo aspecto a considerar es la tendencia de los defensores de la Renta Básica a contraponer su propuesta con la de las Rentas Mínimas y Rentas Garantizadas. Es una contraposición que carece de sentido puesto que se trata de modelos diferentes de política social, que resultan además potencialmente complementarios. De esta forma, en el contexto de cuantías bajas de las prestaciones de la Seguridad Social, o de la Renta Básica que pudiera sustituirla, las rentas mínimas seguirán siendo esenciales para acercar a la población a niveles mínimos de bienestar y de superación de la pobreza. No se trata sin embargo de considerar a las rentas mínimas como mecanismos alternativos a la Renta Básica. Su lógica y sentido resultan diferentes y el desarrollo de ambas actuaciones debe ajustarse a esta lógica diferenciada.

Conviene destacar, finalmente, que el proceso de desarrollo de las fuerzas productivas, con la previsible intensificación que anuncia la nueva fase de automatización, plantea serios problemas de integración social. En la sociedad hipertecnologizada que se nos anuncia, la actividad orientada a la obtención de rentas seguirá siendo un elemento central de la vida humana para una parte de la población, en especial para la más adaptada a las nuevas tecnologías. Pero sus perspectivas de mejora del nivel de vida a través del aumento de la productividad contrastan con el riesgo de exclusión de la población situada, de forma estructural, al margen del sistema productivo.

Este riesgo de polarización social plantea problemas de inclusión que van más allá de la insuficiencia de ingresos. El derecho a una participación efectiva y digna en la sociedad es un elemento clave que no queda resuelto con el acceso a una Renta Básica, o a cualquier otra prestación de garantía de ingresos, menos aún si las prestaciones son de cuantía insuficientes. No se trata, sin embargo, con ello de exigir compromisos de participación, social o laboral, sino de ofrecer a la población vías para que esa participación sea posible.

Algunos comentarios sobre las primeras reacciones a la propuesta de reforma de la RGI. Luis Sanzo

Tras la presentación en el Parlamento Vasco del Documento de Bases para la Mejora de la Renta de Garantía de Ingresos, se ha abierto un debate bastante agrio sobre el contenido de las propuestas del Gobierno. Sin embargo, algunos aspectos merecen ser tomados en consideración para no perder la esperanza de avanzar hacia algún tipo de acuerdo favorable a la ciudadanía.

Una RGI por hogar

La principal crítica a la oferta gubernamental se ha centrado en la propuesta de una única RGI por hogar. Veamos al respecto qué dice la legislación actual y qué plantea la alternativa del Gobierno.

Respecto al contenido de la legislación vigente, debe recordarse de partida que el artículo 9 de la Ley 18/2008, que establece la RGI, mantiene el planteamiento histórico de considerar más de una unidad de convivencia, y por tanto posibles prestaciones, dentro del hogar (con un límite de dos en la actualidad). Pero lo hace, también en consonancia con esa historia previa, presentando el tratamiento de estas situaciones en términos de excepcionalidad (art.9.2).

Para hacer posible esa combinación de prestaciones en el hogar, la mayor parte de las excepciones previstas se vinculan a circunstancias de convivencia que son reflejo de situaciones de extrema necesidad. Respecto a las mismas, la norma establece sin embargo topes de tiempo, en general de doce meses, prorrogables por otro periodo de similar duración. Esta temporalidad se aplica, por ejemplo, a personas inmigrantes que viven solas pero forman parte de un matrimonio o pareja, a víctimas de maltrato doméstico, a casos de retorno al hogar por separación o divorcio, etc. En realidad, estos criterios combinados de excepcionalidad y temporalidad se aplican en casi todos los casos contemplados por la ley, incluido en el del acogimiento por extrema necesidad.

En sus aspectos generales, la propuesta realizada por el Gobierno Vasco no cambia la aproximación que permite la consideración, excepcional y temporal, de más de una unidad de convivencia dentro del hogar. De esta forma, cuando hace referencia a “casos atípicos y durante periodos específicos”, la propuesta no introduce cambios reales en la aproximación excepcional y temporal que se aplica en la actualidad.

Las situaciones extraordinarias contempladas hasta ahora seguirán, por ello, siendo objeto de consideración. De hecho, la propuesta gubernamental señala que la aproximación general de una RGI por hogar, que también preside la legislación actual, “debe ajustarse [] a la realidad de que, en determinadas circunstancias, personas sin relación afectiva o familiar entre sí se ven obligadas a vivir de manera conjunta, presentando situaciones sociales muy diferenciadas”. Y lo hace con una aproximación comparable a la normativa en vigor: “Las prestaciones concedidas por esta vía tendrán una limitación temporal, que cabría situar entre 12 y 24 meses, entendiendo que la ausencia de proyecto de vida en común debería, razonablemente, dar lugar a la búsqueda de fórmulas habitacionales alternativas en ese periodo”.

Lo que en realidad aporta la propuesta presentada ante el Parlamento es una simplificación del tratamiento conceptual de la unidad de convivencia. Así, la unidad de convivencia se vincula ahora, con carácter general, a todas las personas residentes en el domicilio, con una aproximación que permite equiparar “en la mayor medida posible la idea de la unidad de convivencia a la convivencia real de las personas en el mismo hogar o domicilio, con independencia de las formas de relación jurídica existente entre ellas, de forma que se tienda a la concesión de una sola RGI para todas las personas empadronadas en un mismo domicilio”.

En la misma línea de simplificación, las excepciones vinculadas a la necesidad no se remiten ahora a una larga retahíla de supuestos, sino que se aplican de forma general a las personas que se definan a sí mismas como unidad de convivencia diferenciada dentro del hogar, sin entrar a delimitaciones normativas complejas sobre qué tipos de unidades secundarias pueden acceder o no al derecho. Así, en aquellos supuestos en que “personas que carecen a priori de un proyecto de convivencia en común” se vean obligadas a vivir de forma conjunta, con independencia de sus características, las personas afectadas podrán optar por formular una demanda separada de la prestación dentro del actual hogar.

Hay también continuidad en la idea de no permitir más de una RGI complementaria (o secundaria) dentro del hogar al señalar que la demanda de las personas implicadas “tendrá que ser única en cada hogar, de acuerdo con lo que decidan las personas afectadas− relativa en exclusiva a una parte de las personas residentes en dicho hogar”.

Este planteamiento tiene dos ventajas: simplifica la gestión y no da pie a interpretaciones. La propuesta se centra en lo realmente existente, y en la propia consideración de la situación por las personas residentes en el hogar, lo que implica algunas mejoras. Por mencionar un caso, se superan los problemas asociados al apartado 1 del artículo 5 del Decreto de desarrollo de la RGI que limita el posible acceso a la prestación a personas que residen solas de facto pero que están unidas a otras por matrimonio u otra forma de relación permanente análoga a la conyugal (salvo algunos supuestos determinados).

Hay además un avance en la consideración del tratamiento temporal de la necesidad que va más allá de lo previsto en la normativa actual. Esto se hace evidente al comprobar en la propuesta que el límite temporal de doce a veinticuatro meses podrá “ser susceptible de prórroga en caso de que se prolongue la situación de necesidad, y no exista otra alternativa habitacional razonable”. La falta de una solución habitacional adecuada permitiría así prolongar la protección.

Parece, por tanto, que la propuesta se centra en simplificar y mejorar la atención en caso de que se mantengan las situaciones de necesidad, y no en introducir restricciones formales respecto a la protección hoy garantizada.

Es cierto, sin embargo, que trata también de prevenir agravios comparativos, y de esta forma la propuesta del Gobierno Vasco limita la distancia existente en el nivel de protección (para formas de vida comparables) entre quienes combinan más de una RGI dentro del hogar y quienes no lo hacen. La propuesta hace referencia en este punto a “conductas que buscan beneficiarse de un mejor tratamiento en el marco de la RGI mediante la división artificial de unidades de convivencia que en la práctica existen como tales”. Se trata de una circunstancia que ha fundamentado parte de las críticas habituales a la RGI. Y, en ese contexto, no parecen a priori rechazables tres ideas que se señalan en la propuesta para abordar esta cuestión:

  1. a) “garantizar una protección similar a las diferentes UC
  2. b) “no penalizar comparativamente las formas de vida estables −al margen de la relación jurídica formal que exista entre las personas implicadas− con relación a las que se basan en la pura conveniencia temporal o coyuntural”.
  3. c) “favorecer un diseño neutral de la prestación desde el punto de vista de las formas de convivencia, eliminando los incentivos que hoy pueden existir para la no declaración de unidades de convivencia reales”.

Puede sin duda discutirse en qué niveles establecer las diferencias en las cuantías garantizadas en estas situaciones de convivencia cercanas (dos personas sin relación entre ellas que deciden vivir juntas por razones de necesidad; un matrimonio o pareja; u otros tipos de convivencia entre dos familiares, por citar formas de vida con similitudes evidentes). Pero, de partida, no deberían constituir un motivo para renunciar a posibles acercamientos entre las partes.

Las cuantías

Una de las consecuencias de la ILP para una Carta de Derechos Sociales fue la vinculación de la cuantía base de la actual RGI, en su momento Renta Básica, al salario mínimo interprofesional (SMI).

Aunque positiva y bienintencionada, esta pretensión de asociar la prestación al SMI ha tenido dos consecuencias negativas. La primera es la dependencia de la fijación de la cuantía base de la RGI de la volatilidad en la toma de decisiones sobre la cuantía del salario mínimo, decisiones vinculadas además a gobiernos sin relación alguna con la política RGI (con intereses a veces contradictorios con esa política). La experiencia al respecto muestra tanto largos periodos de estancamiento. sin subida alguna del SMI, como momentos de auge de la cuantía, en ocasiones sustanciales, como la de 2017, que en general tienden a ser meramente coyunturales.

Además, la sujeción a un indicador como el SMI no garantiza nada per se. No impidió, en este sentido, la aplicación de una reducción del 7% en las cuantías de la RGI durante la fase más aguda de la crisis. Tampoco garantiza ajustes automáticos en el nivel de las prestaciones. Guste o no a los detractores de la decisión reciente del Gobierno Vasco en esta materia, el decreto regulador del nuevo salario mínimo para 2017 dejaba en manos de los gobiernos de las CCAA la posibilidad de abstraerse de la subida del SMI establecida.

Lo que se olvida con frecuencia, al considerar la propuesta de Carta de Derechos Sociales, son algunas de sus consecuencias negativas, alguna implícita en el propio contenido de la ILP. La más llamativa es la propuesta de reincorporación a la legislación sobre garantía de ingresos del principio de contraprestación. El artículo 9 de la ILP proponía así que “los beneficiarios de la renta básica, y durante el tiempo que sean acreedores a la misma, estarán obligados a suscribir un acuerdo negociado con la Administración, por medio del cual se establecerá la aportación o contrapartida social que deberán realizar en beneficio de la sociedad”. Esta propuesta se enfrentaba directamente con el principio de doble derecho que había introducido la Ley contra la Exclusión de 1998. Se tradujo en la previsión, para para poder ser persona beneficiaria de la prestación de “la certificación del estado de necesidad expedida, según el criterio de la renta básica, por parte de los servicios sociales de base” (artículo 6 de la Ley 10/2000). Por suerte, la normativa de desarrollo de la inserción social se mantuvo ajena a esta previsión, ajustándose a los principios más abiertos de la Ley contra la Exclusión.

La otra consecuencia negativa, en este caso no prevista por los promotores de la ILP, fue la introducción de topes máximos en las cuantías, topes que en el periodo de crisis acabarían por resultar muy perjudiciales para las familias con hijos o hijas. Pues bien, uno de los puntos más positivos de la nueva propuesta es flexibilizar de forma sustancial este sistema de topes, definiendo cuantías más favorables en comparación con la norma realmente vigente en la actualidad.

Pueden considerarse algunos aspectos de la propuesta en materia de cuantías para poner en evidencia el avance que, en este punto, supone la propuesta gubernamental. En el caso de una persona sola, la nueva cuantía propuesta es de 650 euros. Se sitúa claramente por encima de los 600 € de la Renta Garantizada navarra y de los 634,97 hoy garantizados en Euskadi (tras aplicar el 7% de descuento).

En el caso de una pareja con dos hijos o hijas, frente a los 901,94 asignados en la actualidad, la propuesta se sitúa en 1.014 euros, muy cerca de los 1.047,54 que se derivarían del escenario de aplicación del escenario más favorable, sin aplicación del descuento actual del 7%.

En el caso de la misma pareja, pero con cuatro hijos/as, la cuantía garantizada sería de 1.200 euros, en este caso por encima de los 1.047,54 euros que en el escenario más favorable le podría asignar la normativa actual.

Es verdad que, en el caso de estas familias con dos o más hijos, las cuantías son algunas decenas de euros más bajas que las de Navarra. Pero es preciso recordar que en Euskadi se establecen complementos por PCV/PEV que no existen en la comunidad vecina.

Al margen de los hogares con hijos o hijas, también hay mejoras respecto a la situación actual. En el caso de cuatro hermanos o hermanas, el nivel garantizado es de 950 euros. Es una cuantía superior al máximo de 901,94 euros actual y cercano a los 974,22 euros que se derivarían de la aplicación íntegra de la subida del actual salario mínimo (con el 7% de descuento asociado).

Por supuesto, podrían mejorarse estas cuantías, y es el Parlamento Vasco el único con poder real para determinarlo en última instancia. Pero el punto de partida de la propuesta es un paso decidido en una dirección de mejora, con un planteamiento de cuantías que resulta similar al de Navarra (en realidad mejor si se tiene en cuenta que en Euskadi existen complementos por vivienda y un derecho garantizado a la misma).

La propuesta, en todo caso, es mucho más favorable que el sistema de cuantías actual. En este sentido, el cambio en la concepción de la unidad de convivencia viene acompañado de una aproximación mucho más adaptada a la realidad en los niveles de protección. Como ocurre en Navarra, no obstante, algún tipo de indexación de las cuantías base a un indicador objetivo, asociado a la necesidad (IPC, indicadores EPDS, etc.) podría ayudar a ofrecer mayor seguridad.

Otras mejoras significativas

Hay otras mejoras relevantes a considerar en la propuesta. Una decisiva, en particular, es la supresión de los límites temporales en el sistema de bonificación al empleo. Los topes de dos años, ampliables a tres, que se introdujeron con la nueva RGI en 2008, quedarían superados de aprobarse la nueva línea de actuación. Se volvería así a la concepción de bonificación estructural, sin límites, que se estableció en la Ley contra la Exclusión de 1998. El tope máximo de 400 euros resulta, por otra parte, compatible con un nivel de protección mucho más favorable a la población trabajadora con bajos salarios que el que garantiza a medio plazo el escenario actual.

También debe destacarse la reducción del tiempo de empadronamiento que se plantea respecto a las unidades con presencia de menores, así como el establecimiento de un tiempo de prescripción de dos años en la reclamación de pagos indebidos. Esta última medida permitiría evitar que se traslade, de forma excesivamente dilatada en el tiempo, a la población beneficiaria la responsabilidad que tiene la Administración de desarrollar una gestión rápida y eficaz de estos pagos indebidos.

La consideración de la vía fiscal abre posibilidades, además, de abordar el tratamiento de los complementos de pensiones desde una perspectiva más individualizada.

Un acuerdo posible

Es sin duda posible encontrar elementos discutibles en la propuesta. Ni siquiera los miembros de un mismo partido se sentirán por completo de acuerdo con una formulación única. Pero la cuestión clave es determinar si la propuesta planteada constituye o no una base para trabajar en dirección a un nuevo acuerdo sobre la RGI. De partida, es preciso señalar que la formulación se aleja por completo de lo que es hoy habitual en muchos otros lugares de Europa: restricciones de acceso a personas sin derecho de residencia, límites temporales, formas duras de contraprestación, etc. Convendría recordarlo.

Algunas noticias recientes parecen aportar, además, una perspectiva más positiva de cara al desarrollo del debate. En este artículo, Joseba Egibar, por ejemplo, parece recordar desde el PNV el espíritu de acuerdo que impulsó la aprobación de la Renta Garantizada navarra al apelar al “acuerdo sobre la renta básica que tenemos PNV, EHBildu, Podemos e Izquierda-Ezkerra en Navarra”.

Las declaraciones de Tinixara Guantxe, representante de Podemos, son igualmente interesantes al centrarse, de forma crítica pero concreta, en las cuestiones centrales que deberían ser objeto de negociación. A priori, el análisis de esas declaraciones no permite descartar de partida la posibilidad de acercamientos. En la misma línea, EH-Bildu se ha mostrado contraria a los recortes, pero tampoco ha introducido elementos que impidan de partida avanzar hacia ese consenso. La participación en este proceso de una persona conocedora de la historia de la política de garantía de ingresos, como Nerea Kortajarena, es garantía de ecuanimidad en la valoración de la propuesta por parte de la izquierda abertzale, tanto de los aspectos más positivos como potencialmente más criticables, de la propuesta.

El consenso a buscar debería procurar ser lo más amplio posible. La ventaja comparativa de Euskadi es que las posiciones de PSE, hoy en un gobierno de coalición, y del propio PP podrían permitir un acercamiento más amplio que el conseguido en Navarra. Debe recordarse al respecto la reciente ILP impulsada por los populares en Euskadi. Algunas de las reservas planteadas en aquella ILP, en términos de mejor tratamiento de los aspectos patrimoniales, para no perjudicar a ciertos colectivos, hoy excluidos de la norma, eran positivas y han sido en gran medida tomadas en consideración en la propuesta presentada por el Gobierno Vasco. En cualquier caso, es preciso recordar que la conveniencia de tener en cuenta los planteamientos de toda la ciudadanía a la hora de buscar el mayor grado de acuerdo posible.

En este sentido, es importante que ninguna de las partes sienta que se queda por completo al margen en una cuestión tan básica como ésta. El sistema de garantía de ingresos en Euskadi ha conseguido mantenerse, y superar la última crisis, sobre la base de grandes acuerdos. Tratar de alcanzar un nuevo acuerdo de ese tipo debería ser posible. Al menos debería ser la pretensión básica de los actuales representantes de la ciudadanía en el Parlamento Vasco. En última instancia, son ellos y ellas quienes tienen la última (y decisiva) palabra.

La mayor trampa, en cualquier caso, consistiría en renunciar de partida al debate y a la posibilidad de algún acuerdo.