Aportación al debate sobre el SMI y las políticas sociales que plantea Raül Segarra

En un hilo reciente en twitter, Raül Segarra analiza y debate la subida del salario mínimo interprofesional (SMI) que se plantea en el acuerdo entre el Gobierno y Podemos. Respecto a esta cuestión, en la Tabla 1 se recoge, de partida, la evolución histórica del SMI, en valores nominales y –lo que es más relevante- en precios constantes de 2018.

Tabla 1

Tabla 1

Segarra señala con acierto que no existe consenso suficiente en España sobre la relación que existe entre el SMI y las variaciones en el empleo. Sobre esta cuestión, hay sin embargo algunos hechos que convendría tener en cuenta al analizar esta relación. Los resumo a continuación:

1. Como muestra el gráfico 1, el aumento del SMI que se plantea para 2019 es un hecho desconocido en la historia de la democracia posfranquista.

En 1980, el valor del salario mínimo mensual era equivalente a unos 696,68 euros actuales. Este valor no hace sino reducirse con posterioridad hasta situarse en unos 596,04 euros equivalentes en 2003. A partir de aquí aumenta hasta los 703,87 euros de 2009, prácticamente equivalentes al valor de 1980. Tras caer a 664,49 euros en 2012, repunta de nuevo hasta los actuales 735,90 euros, apenas algo por encima de la cifra de 2009. Los 900 euros previstos para 2019, 882,00 euros en valor actual estimado, suponen por tanto un verdadero salto adelante en la historia del SMI en España.

Gráfico 1

Gráfico 1

2. El gráfico 2 muestra que el fuerte crecimiento de la ocupación en España, en el periodo 1993-2003 (con un crecimiento del 50,5% de la ocupación respecto a 1980), se vinculó a una línea decreciente del SMI que prolongó la línea dominante desde los años 80. Entre 1980 y 2003, el salario mínimo cayó un 14,4% en precios equivalentes de 2018.

Gráfico 2

Gráfico 2

3. Como indica el gráfico 3, en el periodo democrático, la apuesta por una línea alcista del SMI se concreta por primera vez entre 2003 y 2009. En ese periodo, el valor del SMI crece un 18,1% en precios de 2018 (de los 596,04 euros de 2003 a los 703,87 de 2009). Este crecimiento se ve en parte contrarrestado con caídas posteriores que reducen este valor a 665,95 euros equivalentes en 2013, todavía sin embargo un 11,7% por encima del valor de 2003.

En contraste con el aumento del SMI, la ocupación se reduce al final del periodo considerado y se sitúa en 2013 un 3,4% por debajo de la de 2003. Este hecho resulta de signo opuesto a lo observado entre 1985 y 2003, con fuertes aumentos de la ocupación en un contexto de SMI de valor descendente.

Gráfico 3

Gráfico 3

4. El gráfico 4 revela por su parte que, entre 2013 y 2018, el valor del SMI se recupera en un 10,5%, al por debajo del crecimiento del 13,8% que se observa en la ocupación. Esta dinámica tiene puntos en común con la observada entre 2003 y 2007, antes de la crisis financiera, con un aumento del 16,8% de la ocupación, superior al incremento del 11,7% en el salario mínimo.

Gráfico 4

Gráfico 4

5. El gráfico 5 presenta, desde 1980/81 la evolución comparada del crecimiento interanual del SMI a precios de 2018 y de la ocupación.

Gráfico 5

Gráfico 5

Dos hechos llaman la atención en el periodo de recuperación de los valores del SMI que se inicia en 2003. El primero de ellos es que, desde 2003, sólo entre 2005 y 2006 y entre 2014 y 2016 la ocupación aumenta por encima del crecimiento interanual del SMI. El crecimiento del periodo 2005-2006 se ve algo matizado además por el efecto de los fuertes niveles de inmigración.

El segundo hecho destacable es que los dos momentos de fuerte crecimiento del valor real del SMI a precios 2008, el que caracteriza al periodo posterior a 2004 y el de 2009, fueron acompañados de significativas caídas de la ocupación en los años siguientes. De ahí que deban analizarse con detalle las posibles consecuencias sobre la ocupación de los nuevos y fuertes incrementos del SMI de 2017 y 2019.

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A pesar de los hechos señalados, conviene recordar que las decisiones sobre el valor del SMI son, en última instancia, políticas. Y, como tales, responden a la voluntad popular, definida a través de la representación política de la ciudadanía. Todo indica además que, en esta cuestión, es viable un marco diferente al existente hasta 2003. En este sentido, la ocupación de 2018 es un 9,9% superior a la de 2003, a pesar de que el nivel del SMI es un 23,5% superior al de aquel año.

Sin perjuicio de esta dimensión política, las decisiones sobre el valor del SMI pueden tener consecuencias no deseadas. Tal y como señala Raül Segarra, hay potenciales ganadores y perdedores. Entre estos últimos, la experiencia reciente nos presenta básicamente dos tipos de situaciones. Una de ellas se relaciona con la parte de la población que se encuentra en desempleo como consecuencia de decisiones empresariales ligadas a variaciones significativas en el valor del trabajo, ya sea porque se renuncia a ciertas contrataciones o porque se producen procesos de ajuste de las plantillas para ajustarse al coste de los salarios.

La otra situación es la que refleja procesos de ajuste de las condiciones de trabajo para tener en cuenta estas variaciones en los salarios. Aumentos significativos en estos salarios pueden compensarse, por ejemplo, reduciendo los periodos de contratación, un proceso con frecuencia asociado a formas de presión para aumentar la productividad. O, como suele ocurrir con frecuencia en España, a través del recurso a la economía sumergida (por ejemplo, a través de contratos a tiempo parcial que encubren mayor número de horas de trabajo).

Todos estos procesos afectan a aquellas empresas, en especial pequeñas y medianas, que tienen dificultades para ofrecer empleos de calidad, en sectores de baja remuneración, con problemas de competencia exterior o en regiones con precios inferiores a la media del país.

Si se compara la situación existente entre 2008 y 2017, con un SMI un 8,1% superior en términos equivalentes, no puede dejar de considerarse que la ocupación en 2017 es un 5,3% inferior. Pero, como revela la tabla 2, el aumento del volumen de personas afectadas por el riesgo de pobreza es muy superior en los hogares potencialmente afectados por los cambios en el mercado de trabajo.

Centrándonos en las formas de pobreza más grave, y teniendo en cuenta los ingresos propios por actividad económica, antes de transferencias sociales, en el periodo 2008-2017 aumenta en un 59,4% el volumen de personas en riesgo de pobreza grave en los hogares con personas activas. A pesar de la mejora del SMI en el periodo, el incremento de la pobreza grave también se observa en hogares con personas ocupadas. En el periodo considerado, el volumen de personas en riesgo en este tipo de hogares aumenta en un 29,4%.

Tabla 2

Tabla 2

Los graves problemas de pobreza existentes en España no se solucionan sólo con una mejora en el SMI sino que exigen medidas complementarias, tanto en términos de mejora del sistema de prestaciones de la Seguridad Social como de las políticas de garantía de ingresos. A pesar del impulso de quienes apoyan estas actuaciones dentro del gobierno, ha sido precisamente esta parte de la política social la que ha quedado fuera de las máximas prioridades en las nuevas líneas presupuestarias.

No se trata de negar las mejoras en prestaciones infantiles, o en atención a personas desempleadas mayores de 52 años, pero son insuficientes. La mejora de las pensiones más bajas, situada en un 3%, resulta igualmente limitada para afectar de forma decisiva a los niveles de pobreza. En términos absolutos, el aumento asociado será inferior al que corresponderá a las pensiones medias y altas.

En un contexto de presión al alza del gasto en pensiones, con una política demográfica que impulsará probablemente una inmigración con mayor riesgo de pobreza que la población nacional, la necesidad de completar el sistema de garantía de ingresos se mantiene como un reto que parece lejos de poder abordarse con decisión en España. Sobre todo si lanza el mensaje de que la parte central de la sociedad, o al menos sus clases medias-altas y altas, realizan ya un esfuerzo fiscal suficiente. Algo que no se corresponde en absoluto con la realidad.

Raül Segarra advierte en su hilo de la necesidad de ajustar los niveles del IPREM o de mejorar las políticas generales de garantía de ingresos. Los límites a los que se enfrenta una posible solución tienen que ver con la negativa a reconocer la necesidad de una mayor contribución fiscal de las clases favorecidas en España (incluidos aquellos pensionistas con recursos elevados), y no sólo de bancos y grandes empresas. Si no se asume esta premisa, será difícil que se encuentren en el futuro recursos presupuestarios suficientes para aquellas necesidades que no sean las relacionadas con el mantenimiento de las pensiones u otros proyectos con amplia base de apoyo en la población. En estas circunstancias, trasladar la solución a la parte más débil de la economía española, la que contrata en torno al salario mínimo, quizás no tenga el efecto que la política parece hoy esperar.

Por mi parte, espero al menos que, ante las dificultades económicas para mejorar el sistema de prestaciones a las que se enfrenta el Gobierno de España, se vea con algo más de perspectiva el esfuerzo que realizan algunos gobiernos autonómicos en sus políticas de rentas mínimas. No en vano algunos de ellos son los que han hecho realmente frente a las necesidades sociales cuando la acción de la Seguridad Social entraba en crisis. (Aunque no me lo creo del todo).

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