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Retos para una política de protección económica a la población en edad laboral. Luis Sanzo

Tomando como base de análisis información cuantitativa relativa a Euskadi, este documento (presentado en el Congreso 2018 de la Red Española de Política Social) considera los principales retos a los que se enfrenta el diseño de un sistema adecuado de protección económica a las personas en edad laboral, en particular a las que conforman la población activa. El objeto de este sistema sería alcanzar una garantía de ingresos suficiente para todas las personas con acceso al mercado de trabajo, en especial en situaciones de desempleo o de bajos ingresos por trabajo.

El estudio se centra, por una parte, en el análisis de las distintas formas de pobreza y ausencia de bienestar que afectan a la población activa, tanto desempleada como ocupada. Estas formas de precariedad tienen diferente naturaleza. Se abordan en este sentido tanto las formas específicas de precariedad encubierta que caracterizan individualmente a determinadas personas como las realidades manifiestas de pobreza y ausencia de bienestar que afectan a los distintos miembros de los hogares en riesgo. Por cuestiones de igualdad y justicia comparativa en los procesos de atención, se consideran también algunas situaciones precarias dentro de unidades de convivencia con un proyecto de vida compartida.

Tras analizar el impacto de estas problemáticas, tanto por separado como de forma conjunta, así como los factores principales que explican sus variaciones, en la segunda y última parte del documento se consideran las distintas medidas de garantía de ingresos que podrían contribuir a reducir el impacto de las distintas formas de precariedad económica en la población activa.

Se facilita el PDF de la Ponencia presentada en el Congreso REPS de Zaragoza (octubre de 2018).

PONENCIA

 

Apuntes para el debate sobre el impacto generacional del desempleo en España

En paralelo a la conversación con Benet Fusté, comento a continuación algunos hechos relevantes sobre la dinámica generacional del desempleo en España.

No entro de lleno, apenas con algún apunte marginal, en la cuestión de la precariedad en el empleo porque entiendo que es un concepto actualmente en proceso de redefinición, no plenamente consensuado por tanto respecto a su contenido. Respecto a esta cuestión, se observa una tendencia a pasar de un concepto estructural de la precariedad (en términos de estabilidad en la ocupación) a otro de raíz más subjetiva (en términos de satisfacción con el empleo y voluntariedad en el mismo). Además de las discrepancias de contenido, este cambio de perspectiva se enfrenta a la naturaleza de un sistema estadístico que, al menos en origen, estaba más pensado para informar sobre la dimensión estructural señalada.

Para evitar la interferencia asociada a las variaciones en la tasa de actividad, el indicador que se utiliza en el análisis es la proporción de personas en desempleo dentro de la población total de cada grupo generacional. La mencionada proporción se analiza en el cuarto trimestre de los siguientes años: 1977, 1982, 1987, 1992, 1997, 2002, 2007, 2012 y 2017.

Los principales resultados en el análisis, basado en datos de la EPA, se resumen a continuación:

  1. El extraordinario impacto del desempleo en las personas de 20 a 34 años durante la Gran Recesión

El gráfico 1 muestra, para distintas generaciones en España, la proporción de personas desempleadas en las edades comprendidas entre los 16 y 59 años. Aunque la información del gráfico refleja esa proporción para las distintas generaciones que han pasado por cada grupo quinquenal de edad, la figura se centra en la situación existente en el año 2012 (recuadros en rojo), con referencias de comparación principales en relación con los años 2007 (recuadros en verde) y 2017 (recuadros en amarillo).

Gráfico 1

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Los datos muestran el extraordinario impacto del desempleo en la población joven española entre 20 y 34 años durante la fase más aguda de la crisis económica posterior a 2008, habitualmente definida como Gran Recesión. Incluso en el contexto de un país muy marcado por el paro desde los años 80, llaman la atención los datos observados en 2012, con un 30,8% de la población de 20 a 24 años y un 29,4% de la situada entre 25 y 29 años en desempleo. Entre 30 y 34 años, la proporción aún se acerca al 25%, con un 23,8%.

Desde 1977, las proporciones señaladas nunca habían resultado tan elevadas ni se habían alejado tanto de las observadas en generaciones anteriores.

  1. La dimensión extraordinaria de la Gran Recesión no se limita sin embargo a la actual población adulta joven y afecta a las distintas generaciones. En términos relativos, el deterioro es particularmente intenso para los grupos nacidos entre 1958 y 1967

Pero el gráfico 1, y más claramente la tabla 1, también revelan que el impacto de la crisis es en realidad visible en todos los grupos generacionales.

Tabla 1

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La tabla 1 muestra que la proporción de personas paradas de 2012, para cada grupo generacional, aumenta en niveles muy cercanos respecto a la proporción de personas paradas de la generación anterior en 2007, situada entonces en el mismo intervalo de edad. El aumento de las proporciones consideradas entre 2007 y 2012 se sitúa en todos los casos entre 3,03 y 3,60, con la única excepción de las generaciones entre los 16 y 19 años, grupo en el que las proporciones de desempleo resultan estables en 2007, 2012 y también 2017. En el caso del grupo más joven, sin embargo, esta estabilidad refleja sobre todo la práctica salida de la gran mayoría de la población del mercado de trabajo a estas edades.

En comparación con las existentes en 2007, y para cada grupo en edades comparables, las proporciones de desempleo siguen situándose claramente por encima en 2017, en general entre 1,84 y 2,22 veces respecto al indicador de 2007. Sin embargo, el indicador es más alto en los grupos generacionales de 1963-1967 (2,40) y de 1958-1962 (2,93). Esto pone de manifiesto un mayor deterioro de la situación en términos relativos en estos dos grupos que se sitúan en  2017 entre 50 y 59 años en 2017.

De hecho, una novedad en el impacto actual del desempleo es que, en contraste con la línea decreciente del paro conforme aumenta la edad, en 2017 esta línea decreciente desaparece a partir de los 35 años. En este año, la proporción de personas paradas se sitúa entre el 11,1 y el 12,5% en todos los grupos entre 35 y 59 años.

  1. En las edades jóvenes, entre los 16 y 29 años, el máximo impacto del desempleo corresponde a la generación de 1988 a 1992 pero con cifras similares en las generaciones de 1963 a 1972

Como muestra el gráfico 2, la proporción media de desempleo entre los 16 y 29 años alcanza un máximo del 22,7% en el grupo generacional de 1963-1967. Muy cerca queda el 20,9% del grupo nacido entre 1968 y 1972 y el 19,3% del nacido entre 1988 y 1992. Entre el 14,8 y el 16,6% se sitúan otros tres grupos generacionales, los nacidos en los periodos 1958-1962, 1973-1977 y 1983-1987.

Gráfico 2

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El gráfico 3 permite analizar las bases que fundamentan estas diferencias. En concreto, puede comprobarse que la proporción de personas desempleadas se mantiene alta, en niveles cercanos o superiores al 20%, tanto entre los 16-19 años como entre los 20-24 años y los 25-29 años en las generaciones nacidas entre 1963 y 1972. En cambio, a pesar de su impacto cercano o superior al 30% en 2012 en las generaciones nacidas entre 1983 y 1992, en estas la proporción de personas desempleadas resulta bastante inferior a la que afectó al grupo generacional 1963-1972 a las edades inmediatamente anteriores y posteriores a las que alcanzaban en 2012.

Gráfico 3

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El resultado se ve sin embargo condicionado por el hecho de que, en las nuevas generaciones, el acceso al mercado de trabajo tiende a ser muy residual entre los 16 y 19 años. Si se considera en exclusiva la situación entre los 20-29 años, la generación de 1988-1992 se perfila realmente como la más afectada, con una proporción media de desempleo del 24,6%. A pesar de ello, los niveles de las personas nacidas entre 1963 y 1972 siguen siendo cercanos (23,4% para el grupo generacional nacido entre 1963 y 1967, 22% para el nacido entre 1968 y 1972). La proporción media de desempleo entre los 20-29 años es igualmente elevada en el grupo 1958-1962 (20,3%) y en el 1983-1987 (19,8%).

  1. Aunque dentro de un intervalo cercano entre generaciones, En edades intermedias, entre los 30 y 44 años, el grupo generacional más afectado es el de las personas nacidas entre 1978 y 1982

Los gráficos 4 y 5 presentan los mismos datos entre los 30 y 44 años.

Gráfico 4

Gráfico4

Gráfico 5

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El principal aspecto a señalar en este caso es que las diferencias en las proporciones medias de desempleo no son grandes, con cifras situadas en cada grupo generacional entre el 10,1 y el 14,5%. La principal razón es que el impacto de las distintas crisis de empleo se distribuye en este caso con cierta “igualdad”, con ningún grupo generacional con proporciones de paro superiores al 15% en más de uno de los periodos de edad considerados (30-34, 35-39 y 40-44).

El fuerte impacto de la Gran Recesión tiene, no obstante, una influencia mayor en el grupo generacional de 1978 a 1982. Si se contemplan en exclusiva las edades comprendidas entre los 30 y 39 años, la proporción media de desempleo se aleja claramente en este grupo y llega al 18,2%, por encima de las cifras normalmente situadas entre el 11,3 y el 14% en otros grupos (con la excepción del 7,2% en el de 1968-1972).

Si se recuerda la situación entre los 16 y 29 años, debe señalarse que el grupo 1978-1982 era uno de los menos a estas edades. Pero, entre los 30 y 39 años es el que más sufre las consecuencias de la Gran Recesión.

  1. En las personas mayores de 45 años llama la atención el claro deterioro de la situación de las generaciones posteriores a 1953, en especial de las de 1958 a 1967

Los gráficos 6 y 7 muestran finalmente la situación existente en edades superiores a los 45 años.

Gráfico 6

Gráfico6

Gráfico 7

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En este caso, el deterioro asociado a la Gran Recesión es evidente y marca una clara frontera entre las generaciones nacidas con anterioridad y posterioridad al periodo 1953/1958. Así, frente a proporciones medias de desempleo entre los 45 y 59 años que resultan cercanas al 6% en las generaciones nacidas entre 1938 y 1952, la proporción llega al 8,1% en la de 1953-1957, al 10,9% en la de 1958-1962 y al 13% en la de 1963-1967.

El impacto de la crisis reciente es más evidente si se consideran las proporciones medias entre los 45 y 54 años. En tal caso, frente a proporciones de desempleo entre el 5,4 y el 7,4% hasta la generación de 1957, la proporción llega al 10,8% en el grupo generacional de 1958-1962 y al 15,4% en el de 1963-1967.

Un hecho muy relevante es que estos dos grupos generacionales destacaban ya por proporciones medias de desempleo elevadas entre los 16 y 29 años, en especial en el caso de las generaciones nacidas entre 1963-1967. En estos grupos, el alto impacto comparado del desempleo en las edades jóvenes se combina, por tanto, con la misma situación de alto desempleo relativo en la última fase de la vida laboral.

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Los datos presentados no pretenden polemizar sobre qué grupos generacionales han sido los más afectados por el desempleo en España sino destacar que la situación de estos grupos es la consecuencia de la combinación de dos hechos decisivos. Por un lado, destaca el elemento estructural de deterioro de la situación ante el empleo conforme desciende la edad; por otro, la evidencia de un impacto desigual de las distintas crisis coyunturales de empleo en España que ha alterado en distintos momentos el efecto estructural señalado. En todo caso, la experiencia del desempleo por cada grupo generacional es el resultado de ambos factores.

En el caso español,  un aspecto llamativo del periodo reciente es que, por primera vez las crisis de empleo mencionadas han llegado a afectar decisivamente en periodos muy alejados en el tiempo a unas mismas generaciones, en particular a las generaciones nacidas entre 1958 y 1967. Este hecho aconseja una aproximación a la solución que no plantee la cuestión en términos de ajuste de cuentas intergeneracional sino de garantía de protección adecuada a todas las personas desempleadas.

La solución pasa también, sin embargo, por la consideración de los factores estructurales que determinan en España unas tasas estructuralmente altas de desempleo y, de forma particular, por un análisis específico del otro hecho determinante en la historia reciente: el extraordinario y generalizado impacto sobre el empleo de la llamada Gran Recisión, con tasas de paro altísimas en la población menor de 35 años. Resulta necesario analizar las razones reales de las altas y duraderas tasas de desempleo en la crisis posterior a 2008.

Es una necesidad que, en mi opinión, obliga a ir más allá de los diagnósticos al uso sobre la cuestión. Aunque no comentaré este aspecto más que en términos de hipótesis, algunos hechos sugieren que los problemas de precariedad estructural ante el empleo, al menos si se analizan en términos estructurales y no de satisfacción con el empleo, tienden en realidad a mostrar incrementos diferenciales respecto a los observados en los años 80 y 90 en la población mayor de 35/40 años más que en la población más joven, por mucho que sea en ella donde más altas resulten las tasas de paro y precariedad.

No pretendo al señalar esta hipótesis negar la necesidad de abordar los problemas laborales de la población joven sino llamar la atención sobre la necesidad de un diagnóstico correcto. Sólo así será posible prevenir soluciones potencialmente inadecuadas que pudieran basarse en una errónea interpretación de los hechos.

Aportación al debate sobre el SMI y las políticas sociales que plantea Raül Segarra

En un hilo reciente en twitter, Raül Segarra analiza y debate la subida del salario mínimo interprofesional (SMI) que se plantea en el acuerdo entre el Gobierno y Podemos. Respecto a esta cuestión, en la Tabla 1 se recoge, de partida, la evolución histórica del SMI, en valores nominales y –lo que es más relevante- en precios constantes de 2018.

Tabla 1

Tabla 1

Segarra señala con acierto que no existe consenso suficiente en España sobre la relación que existe entre el SMI y las variaciones en el empleo. Sobre esta cuestión, hay sin embargo algunos hechos que convendría tener en cuenta al analizar esta relación. Los resumo a continuación:

1. Como muestra el gráfico 1, el aumento del SMI que se plantea para 2019 es un hecho desconocido en la historia de la democracia posfranquista.

En 1980, el valor del salario mínimo mensual era equivalente a unos 696,68 euros actuales. Este valor no hace sino reducirse con posterioridad hasta situarse en unos 596,04 euros equivalentes en 2003. A partir de aquí aumenta hasta los 703,87 euros de 2009, prácticamente equivalentes al valor de 1980. Tras caer a 664,49 euros en 2012, repunta de nuevo hasta los actuales 735,90 euros, apenas algo por encima de la cifra de 2009. Los 900 euros previstos para 2019, 882,00 euros en valor actual estimado, suponen por tanto un verdadero salto adelante en la historia del SMI en España.

Gráfico 1

Gráfico 1

2. El gráfico 2 muestra que el fuerte crecimiento de la ocupación en España, en el periodo 1993-2003 (con un crecimiento del 50,5% de la ocupación respecto a 1980), se vinculó a una línea decreciente del SMI que prolongó la línea dominante desde los años 80. Entre 1980 y 2003, el salario mínimo cayó un 14,4% en precios equivalentes de 2018.

Gráfico 2

Gráfico 2

3. Como indica el gráfico 3, en el periodo democrático, la apuesta por una línea alcista del SMI se concreta por primera vez entre 2003 y 2009. En ese periodo, el valor del SMI crece un 18,1% en precios de 2018 (de los 596,04 euros de 2003 a los 703,87 de 2009). Este crecimiento se ve en parte contrarrestado con caídas posteriores que reducen este valor a 665,95 euros equivalentes en 2013, todavía sin embargo un 11,7% por encima del valor de 2003.

En contraste con el aumento del SMI, la ocupación se reduce al final del periodo considerado y se sitúa en 2013 un 3,4% por debajo de la de 2003. Este hecho resulta de signo opuesto a lo observado entre 1985 y 2003, con fuertes aumentos de la ocupación en un contexto de SMI de valor descendente.

Gráfico 3

Gráfico 3

4. El gráfico 4 revela por su parte que, entre 2013 y 2018, el valor del SMI se recupera en un 10,5%, al por debajo del crecimiento del 13,8% que se observa en la ocupación. Esta dinámica tiene puntos en común con la observada entre 2003 y 2007, antes de la crisis financiera, con un aumento del 16,8% de la ocupación, superior al incremento del 11,7% en el salario mínimo.

Gráfico 4

Gráfico 4

5. El gráfico 5 presenta, desde 1980/81 la evolución comparada del crecimiento interanual del SMI a precios de 2018 y de la ocupación.

Gráfico 5

Gráfico 5

Dos hechos llaman la atención en el periodo de recuperación de los valores del SMI que se inicia en 2003. El primero de ellos es que, desde 2003, sólo entre 2005 y 2006 y entre 2014 y 2016 la ocupación aumenta por encima del crecimiento interanual del SMI. El crecimiento del periodo 2005-2006 se ve algo matizado además por el efecto de los fuertes niveles de inmigración.

El segundo hecho destacable es que los dos momentos de fuerte crecimiento del valor real del SMI a precios 2008, el que caracteriza al periodo posterior a 2004 y el de 2009, fueron acompañados de significativas caídas de la ocupación en los años siguientes. De ahí que deban analizarse con detalle las posibles consecuencias sobre la ocupación de los nuevos y fuertes incrementos del SMI de 2017 y 2019.

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A pesar de los hechos señalados, conviene recordar que las decisiones sobre el valor del SMI son, en última instancia, políticas. Y, como tales, responden a la voluntad popular, definida a través de la representación política de la ciudadanía. Todo indica además que, en esta cuestión, es viable un marco diferente al existente hasta 2003. En este sentido, la ocupación de 2018 es un 9,9% superior a la de 2003, a pesar de que el nivel del SMI es un 23,5% superior al de aquel año.

Sin perjuicio de esta dimensión política, las decisiones sobre el valor del SMI pueden tener consecuencias no deseadas. Tal y como señala Raül Segarra, hay potenciales ganadores y perdedores. Entre estos últimos, la experiencia reciente nos presenta básicamente dos tipos de situaciones. Una de ellas se relaciona con la parte de la población que se encuentra en desempleo como consecuencia de decisiones empresariales ligadas a variaciones significativas en el valor del trabajo, ya sea porque se renuncia a ciertas contrataciones o porque se producen procesos de ajuste de las plantillas para ajustarse al coste de los salarios.

La otra situación es la que refleja procesos de ajuste de las condiciones de trabajo para tener en cuenta estas variaciones en los salarios. Aumentos significativos en estos salarios pueden compensarse, por ejemplo, reduciendo los periodos de contratación, un proceso con frecuencia asociado a formas de presión para aumentar la productividad. O, como suele ocurrir con frecuencia en España, a través del recurso a la economía sumergida (por ejemplo, a través de contratos a tiempo parcial que encubren mayor número de horas de trabajo).

Todos estos procesos afectan a aquellas empresas, en especial pequeñas y medianas, que tienen dificultades para ofrecer empleos de calidad, en sectores de baja remuneración, con problemas de competencia exterior o en regiones con precios inferiores a la media del país.

Si se compara la situación existente entre 2008 y 2017, con un SMI un 8,1% superior en términos equivalentes, no puede dejar de considerarse que la ocupación en 2017 es un 5,3% inferior. Pero, como revela la tabla 2, el aumento del volumen de personas afectadas por el riesgo de pobreza es muy superior en los hogares potencialmente afectados por los cambios en el mercado de trabajo.

Centrándonos en las formas de pobreza más grave, y teniendo en cuenta los ingresos propios por actividad económica, antes de transferencias sociales, en el periodo 2008-2017 aumenta en un 59,4% el volumen de personas en riesgo de pobreza grave en los hogares con personas activas. A pesar de la mejora del SMI en el periodo, el incremento de la pobreza grave también se observa en hogares con personas ocupadas. En el periodo considerado, el volumen de personas en riesgo en este tipo de hogares aumenta en un 29,4%.

Tabla 2

Tabla 2

Los graves problemas de pobreza existentes en España no se solucionan sólo con una mejora en el SMI sino que exigen medidas complementarias, tanto en términos de mejora del sistema de prestaciones de la Seguridad Social como de las políticas de garantía de ingresos. A pesar del impulso de quienes apoyan estas actuaciones dentro del gobierno, ha sido precisamente esta parte de la política social la que ha quedado fuera de las máximas prioridades en las nuevas líneas presupuestarias.

No se trata de negar las mejoras en prestaciones infantiles, o en atención a personas desempleadas mayores de 52 años, pero son insuficientes. La mejora de las pensiones más bajas, situada en un 3%, resulta igualmente limitada para afectar de forma decisiva a los niveles de pobreza. En términos absolutos, el aumento asociado será inferior al que corresponderá a las pensiones medias y altas.

En un contexto de presión al alza del gasto en pensiones, con una política demográfica que impulsará probablemente una inmigración con mayor riesgo de pobreza que la población nacional, la necesidad de completar el sistema de garantía de ingresos se mantiene como un reto que parece lejos de poder abordarse con decisión en España. Sobre todo si lanza el mensaje de que la parte central de la sociedad, o al menos sus clases medias-altas y altas, realizan ya un esfuerzo fiscal suficiente. Algo que no se corresponde en absoluto con la realidad.

Raül Segarra advierte en su hilo de la necesidad de ajustar los niveles del IPREM o de mejorar las políticas generales de garantía de ingresos. Los límites a los que se enfrenta una posible solución tienen que ver con la negativa a reconocer la necesidad de una mayor contribución fiscal de las clases favorecidas en España (incluidos aquellos pensionistas con recursos elevados), y no sólo de bancos y grandes empresas. Si no se asume esta premisa, será difícil que se encuentren en el futuro recursos presupuestarios suficientes para aquellas necesidades que no sean las relacionadas con el mantenimiento de las pensiones u otros proyectos con amplia base de apoyo en la población. En estas circunstancias, trasladar la solución a la parte más débil de la economía española, la que contrata en torno al salario mínimo, quizás no tenga el efecto que la política parece hoy esperar.

Por mi parte, espero al menos que, ante las dificultades económicas para mejorar el sistema de prestaciones a las que se enfrenta el Gobierno de España, se vea con algo más de perspectiva el esfuerzo que realizan algunos gobiernos autonómicos en sus políticas de rentas mínimas. No en vano algunos de ellos son los que han hecho realmente frente a las necesidades sociales cuando la acción de la Seguridad Social entraba en crisis. (Aunque no me lo creo del todo).

Proyecciones y previsiones demográficas para España: principales resultados comparados.

El INE acaba de publicar sus Proyecciones de Población 2018. Pocos días antes, la AIREF sorprendía con unas previsiones muy optimistas sobre la evolución de la población española en las próximas décadas.

Un rasgo común de los resultados presentados por el INE y la AIREF es la perspectiva de recuperación de la inmigración, con saldos migratorios que resultarían positivos a largo e incluso muy largo plazo. Esa perspectiva contribuye a romper con el pesimismo hasta ahora dominante, traducido en previsiones de caída o estabilización de la población. Cierto es que no se trata de algo verdaderamente nuevo: Eurostat se había adelantado al perfilar, en sus Proyecciones 2015, un escenario de aumento de las migraciones netas, de la fecundidad y de la población.

Resulta útil resumir los escenarios demográficos que plantean los tres trabajos señalados. En lo relativo a la dinámica de la población, los resultados se presentan en la tabla 1 y en el gráfico 1 asociado. En la presentación se incluye igualmente uno de los escenarios complementarios de Eurostat, que asume un nivel de migración alta, y no sólo su proyección base.

Tabla 1

Gráfico 1

Como puede observarse en el gráfico 1, todas las proyecciones o previsiones realizadas coinciden en presentar una línea de significativo incremento de la población entre 2018 y 2015. Sin embargo, la perspectiva de crecimiento poblacional es ahora mayor en la proyección del INE que en la que planteaba Eurostat en su modelo base. Hasta 2040, el crecimiento planteado por el INE supera incluso el previsto en el escenario de migración alta planteado por el organismo estadístico europeo.

Otro hecho relevante es que, hasta 2025, la previsión de AIREF plantea una línea de crecimiento de la población muy similar a la del INE. Es sólo a partir de ese año cuando los escenarios planteados por los dos organismos se alejan claramente. Mientras el aumento de la población se modera hasta 2050 en el caso del INE, la AIREF mantiene una previsión de muy fuerte crecimiento demográfico a partir de entonces. La línea alcista de la población supera incluso la dinámica de crecimiento poblacional continuado que define Eurostat, en el supuesto de migración neta alta.

Resulta de interés comparar, en los gráficos 2 y 3, las bases principales en las que se fundamentan la proyección del INE y la previsión de AIREF. Más allá de la aparente convergencia hasta 2025, ésta resulta de escenarios diferentes, con una perspectiva de migración neta inicialmente más alta en la proyección del INE, cercana o superior al 5 por mil (frente a niveles cercanos o inferiores al 4 por mil en el caso de la AIREF). En cambio, la AIREF plantea un mayor crecimiento del índice coyuntural de fecundidad (hasta 1,57 hijos/as por mujer en 2025 por 1,37 en la proyección del INE).

La divergencia en crecimiento de población que se observa entre INE y AIREF a partir de 2025 se basa en dos rasgos diferenciales de la estimación que realiza la autoridad de responsabilidad fiscal. El primero es un fuerte crecimiento del número de hijos/as por mujer a partir de 2025 (de 1,57 en ese año a 1,85 en 2050) que no es tan llamativo en la proyección INE (de 1,37 en 2015 a 1,52 en 2050).

El segundo tiene que ver con la previsión de elevada migración neta positiva que se mantiene hasta 2050 en el escenario base de la AIREF. En la previsión de este organismo, el saldo migratorio positivo pasa de cifras iguales o inferiores al 4,25 por mil entre 2018 y 2025 a niveles que superan el 5 por mil a partir de 2035 y llegan al 7,23 por mil en 2050. La proyección del INE parte en cambio de crecimientos superiores al 5 por mil en las migraciones netas hasta 2020. Éstos se reducen posteriormente hasta niveles inferiores o cercanos al 3 por mil a partir de 2035.

Gráfico 2

Gráfico 3

Aunque el análisis de las proyecciones o previsiones presentadas debe resultar más detallado, de partida conviene señalar dos cuestiones relevantes. La primera es que entre 2009 y 2015 el saldo migratorio ha sido nulo o negativo en España. Sólo en 2016 nos acercamos a un saldo migratorio neto positivo cercano a las estimaciones de AIREF o del INE (3,5%). Aunque hay bases objetivas para un crecimiento importante de la inmigración, debe discutirse si previsiones como las de AIREF, o las del INE hasta 2035, pueden fundamentarse suficientemente en la experiencia de lo ocurrido en estos últimos años, en especial si se tiene en cuenta el proceso de desaceleración de la economía.

La segunda cuestión es más problemática y tiene que ver con un hecho llamativo: la reciente caída del indicador coyuntural de fecundidad. Así, después de una línea de recuperación desde el 1,27 de 2013 hasta el 1,34 de 2016, el número de hijos/as por mujer cae a 1,31 en 2017, en el año de mayor de recuperación de la economía española desde 2008. Esta imprevista caída vuelve a recordar la relevancia de los factores que condicionan los procesos de precariedad encubierta en España, entre ellos la evolución alcista del precio de la vivienda. Es probable, en este sentido, que los expertos en demografía en España sigan subestimando los límites socioeconómicos a la recuperación de la fecundidad, presentes también (a veces incluso crecientes) en momentos de auge de la economía.