CategoríaGlobalización

Sobre la globalización del siglo XXI. Luis Sanzo

En su interesante reseña de la obra de Richard Baldwin, The Great Convergence, Jorge Díaz Lanchas no sólo considera el trabajo del autor sino que, en cierta forma, da un paso más allá y ofrece una racionalización del contexto interpretativo del proceso de globalización en el mundo moderno. En cierta forma, según su interpretación, la globalización habría pasado de ser un marco de intercambio de bienes, servicios e inversiones para convertirse en un proceso de transmisión de ideas y conocimientos.

Del análisis del artículo se desprende, sin embargo, que la cuestión se reduce a los cambios que se observan en las necesidades productivas de las grandes empresas con presencia en el mercado internacional (y al impacto que tienen estos cambios en la dinámica de las relaciones económicas Norte-Sur). De lo que se trata, por tanto, con todas sus implicaciones en términos de deslocalización de la producción, es de “la transformación de las cadenas de producción y montaje a nivel internacional”, es decir de los procesos de producción. Y aunque en ese ámbito resulte determinante la transmisión del know-how, el elemento principal no deja de ser el que da sentido a la deslocalización de procesos: la reducción de los costes laborales. “Estas nuevas cadenas de valor globales han permitido la combinación de altos niveles de know-how, que hasta el momento eran propios de las economías avanzadas, con los bajos salarios de los países emergentes”, señala Díaz Lanchas.

La clave del proceso moderno de globalización se relaciona así con una combinación de: a) deslocalización; b) ajuste funcional a los procesos productivos de las cadenas industriales, asumiendo fases muy específicas de esos procesos, de acuerdo con el know-how transmitido desde el centro; y c) bajos salarios. Como señala Díaz Lanchas, en un contexto de liberalización de los mercados, se trata de que las empresas vendan “sus productos en los mercados ricos del Norte, pero haciendo uso de los inputs que provienen desde el Sur”.

La dinámica de la globalización no se reduce sin embargo a deslocalizaciones externas a los grandes bloques político-económicos sino, como también se señala en el artículo, dentro de éstos. Los centros escogidos para la deslocalización industrial, para las nuevas cadenas de producción, tienen que combinar bajos costes de producción, capacidad para absorber fácilmente el know-how de los países avanzados e, idealmente, una proximidad facilitadora de los contactos de trabajo. Es el caso de Méjico con Estados Unidos, de Vietnam con China o Japón y de Polonia y otros países del Este con Alemania. En todos los casos, se trata de una deslocalización de los procesos productivos, dentro de bloques económicos regionales, en busca de una reducción de los costes de producción para mantenerse en unos mercados plenamente globalizados.

En el caso europeo, el éxito del modelo industrial alemán tras la recesión post-crisis financiera, se vincula sin duda al impulso de la producción en los antiguos países comunistas del este de Europa, en detrimento de la industria de otros países de la Unión Europea. Tal y como reflejan los siguientes gráficos, desde mediados de la pasada década Francia y el Reino Unido pierden producción industrial frente a Alemania; España frente a los países del este de Europa.

Tabla 1

GR1

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de Eurostat.

Tabla 2

gr2

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de Eurostat.

Pero en un contexto extenso de lucha por mantener los mercados mundiales, los cambios en la producción no necesariamente se traducen, dentro de estos bloques, en una recuperación de empleo. La competencia con los países de bajos costes laborales (fuera de los propios bloques regionales centrales) sólo es factible con un incremento de la productividad, lo que supone reducción de empleo dentro de las grandes empresas y liquidación de la pequeña industria. Si la pérdida de mercados en España, Francia o Reino Unido tras la crisis financiera ha provocado caídas de 20 a 30% del empleo en la manufactura, los pasos de Alemania o de los países orientales vecinos hacia el control de la producción industrial en Europa apenas permite un mantenimiento del empleo.

Tabla 3

GR3

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de Eurostat.

Tabla 4

GR4

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de Eurostat.

En la fase actual, en la que se espera la extensión de la globalización al sector de los servicios, el papel de las grandes empresas multinacionales será aún mayor. La razón es que se pasará de una deslocalización que afecta a algunas ramas de actividad a fases específicas de los procesos de producción, lo que determinará -como señala Díaz Lanchas- la extensión del impacto de la deslocalización a profesiones determinadas, más aún que a áreas sectoriales como ha sucedido hasta hoy. El autor adelanta lo que es previsible que suceda con la aceleración del proceso de introducción de las nuevas tecnologías, la digitalización o la robotización, en el sector de servicios. Lo esperable es una combinación de automatización en el centro con desplazamiento de fases parciales de la producción, más que de la producción como tal, hacia los países con bajos costes salariales en el Sur. En todo caso, la lógica del abaratamiento de los costes de producción determinará el proceso de globalización en los servicios.

Una de las principales consecuencias sociales del proceso de globalización, y de la integración política asociada, ha sido sin duda la acelerada convergencia de rentas entre territorios. La propia experiencia española desde los años sesenta del siglo XX es una muestra de este proceso de convergencia. Pero, al mismo tiempo, la experiencia de países como España muestra también que la globalización es un proceso inacabado. Tiene distintas fases, determinadas en gran medida por la posición de cada país en términos de su capacidad para atraer o mantener inversiones productivas. España, en especial sus regiones industriales, ya ha conocido la otra cara de la globalización, la que supone ver cómo se cierran plantas en beneficio de la creación de otras nuevas en diferentes países del Sur. Un proceso sin perspectivas de finalización mientras puedan existir las diferencias de costes que lo hacen posible.

Un dato relevante es que la globalización de la que hablan Baldwin y Jorge Díaz Lanchas empieza a dinamizarse en los años 80. Y ahí es donde podemos ver su dimensión política, en forma de actuaciones coordinadas entre empresas y estados para determinar la lógica de unos nuevos mercados mundializados. Y precisamente una de las manifestaciones iniciales del nuevo mundo se produce en torno a los años setenta y ochenta del pasado siglo, con la destrucción de una parte significativa de la industria occidental europea. Un acto que, como la reconversión de la industria vasca de ese periodo, no puede entenderse sólo desde la lógica económica sino desde la geopolítica paralela de configuración de los mercados y de la producción.

Pero ahí es donde quizás, y de forma paradójica, pueda buscarse una nota final positiva para nuestros países. La gran convergencia de rentas asociada a la globalización se extiende al final a los costes de producción. Las antiguas grandes regiones industriales no deberían desfallecer, renunciando a su capital de conocimiento productivo. Puede que llegue un tiempo en el que ese conocimiento, y la experiencia asociada, les permitan recuperar parte del terreno perdido en la competencia por los mercados mundiales.

Introduzco así la hipótesis de que, a muy largo plazo, las regiones que sean capaces de mantener una parte significativa de su histórica base industrial puedan recuperar parte de lo perdido en las fases iniciales de la globalización. Una hipótesis paralela a aquella que sostiene que los estados y países que apuesten por mantener el Estado de Bienestar resistirán mejor el proceso de deslocalización que pronto se extenderá con fuerza al sector de servicios.

Aire fresco en un agosto nublado

por Manuel Aguilar Hendrickson

Animado por el golpe de aire fresco que Quim Brugué y Ismael Peña-López han hecho correr hoy, me atrevo a plantear alguna duda que va un poco más allá del planteamiento de ambos. Son dudas sobre algo que creo que se adivina en ambos textos, pero que queda fuera de de la línea central de argumentación de los dos. Ambos abordan (en mi humilde opinión) las tensiones políticas que vivimos («vieja» vs. «nueva» política) desde un punto de vista de «procedimiento», de mecánica de funcionamiento del sistema político, y en ese campo coincido en lo fundamental con los dos. Pero se me hace difícil no escarbar un poco más allá.

¿Porqué el régimen democrático que hace pocos años casi nadie discutía (por diversas razones) aparece de pronto como un régimen que ha degenerado en la cleptocracia, la plutocracia y la ineptitud? La hipótesis que parece estar detrás de casi todos los planteamientos de regeneración democrática es que el sistema ha sido capturado por una «mafia» o «casta» o «élite extractiva» que se ha aprovechado de numerosos los defectos de funcionamiento del sistema de representación y de gobierno. Es probable que esa captura tenga bastante de cierta, pero no parece plausible que sea reciente. Cuando se tira del ovillo, parece que tal captura se remonta a la Transición, al Franquismo, a la Restauración o incluso a la Década Moderada o a 1714.

Se me ocurre otra hipótesis explicativa que tal vez sitúe el problema en otro terreno. El malestar con la «vieja» política podría tener su raíz en la percepción (ésta sí es novedosa) de que es incapaz de ofrecer condiciones de vida aceptables y perspectivas de futuro atractivas (ilusorias o no) a una mayoría «suficiente» del electorado. Esa pérdida de capacidad parece derivar de la creciente impotencia de los estados (tal como hoy existen) de gobernar un funcionamiento social y económico cuyo ámbito desborda las fronteras estatales, y cuyo objeto son más los flujos (de personas, de capitales) que los stocks (para los que se «diseñó» el estado moderno). Pérdida de capacidad que se ha formalizado en la pérdida progresiva de las palancas que definían el estado soberano: emisión de moneda, fijación de los tipos de interés, política «exterior y de defensa» autónoma.

Puede que mientras la «casta», «mafia» o «élite extractiva» nos ofrecía perspectivas aceptables, era el precio inevitable a pagar. Cuando deja de hacerlo, «descubrimos» que eran unos corruptos.

Si es así, me preocupan dos supuestos que subyacen a buena parte de la «nueva» política.

  1. La idea de que la voluntad soberana (es decir, liberada de barreras ilegítimas —«nacionales» o «mafiosas») del «pueblo» o de la «sociedad civil» lo puede casi todo. Si «decidimos» que Catalunya sea como Dinamarca o Finlandia, lo será. Si «decidimos» que España tenga una economía basada en el conocimiento, la sostenibilidad, el alto valor añadido y los salarios altos, la tendrá. Si no es así, será porque «otro» (España, la mafia…) limita o manipula «nuestra» voluntad. El problema aquí es doble. El que señala Quim Brugué (la «unidad» de voluntad de una sociedad plural y compleja es complicada) y la creencia en el poder «soberano» de la voluntad, que ignora restricciones y limitaciones de la realidad.
  2. La idea de que los ámbitos reducidos («lo pequeño es hermoso») son los que permiten organizar mejor el funcionamiento político. Lo local o lo pequeño tienen numerosas ventajas de «procedimiento» democrático, pero resultan cada vez menos relevantes para el gobierno de nuestras sociedades.

El sueño de que un ámbito «abarcable» por lo pequeño, si «queremos» y no nos lo impiden «otros», permite gobernar los flujos económicos y sociales que marcan nuestras vidas para hacerlos compatibles con una vida digna es comprensible y puede ser creíble. Pero no está nada claro de que sea ni viable ni sensato (condiciones difícilmente exigibles a los sueños, desde luego, pero sí a las propuestas políticas) en el mundo actual. El trilema de Rodrik formaliza el problema de fondo: no es posible tener a la vez Estado-nación, democracia y globalización. Como me temo que la globalización es algo que no está en nuestras manos suprimir, como mucho sería «modulable» a escala global, el sueño de la soberanía de la “voluntad popular” puede transformarse en una pesadilla.

Hungry Grass

Inequality and its discontents

Mark Carrigan

Digital Sociologist and Social Media Consultant

Educació Transformadora

Educació Social, Cultura, Gestió Comunitària, Circ Social, Animació Sociocultural i altres enginys.

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El blog de Javier López Blog de CCOO de Madrid

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